5/08/2003![]()
(Ruta del Camino Fonseca - Etapa 14)
Kms.
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Horas
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Dificultad
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Clima
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Señalización
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Descripción
general
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31 |
8 |
Normal |
Muy
caluroso |
Mejorable |
Salida
ciudad por vía empedrada (poca carretera), bosque, caminos frondosos,
carretera. |
Desayunamos en un bar de Ourense, apenas tomar la Avenida de Santiago y una vez cruzado el puente romano sobre el Miño. El dueño del bar no puede entender que vengamos andando desde Sevilla y no sabe el hombre qué hacerse con nosotros.
- Pero descansen un poco, por favor.
- Pero, ¿cómo vamos a descansar si acabamos de salir hace 10 minutos?
- Pero coman más churros, que no comieron nada.
- Hemos comido suficiente, si lo sabremos nosotros. Además hacemos esto porque nos gusta viajar a pie.
- Menos mal, si les gusta andar, bien. Pero si lo hicieron por una promesa… ¡Cago en diez... se prometen cosas más facilitas, hombre!
Cuando le decimos que algunos piensan que algo muy gordo hemos debido de hacer para tener que hacer esto, el del bar y los parroquianos madrugadores se echan a reír. Nos despedimos de esta afable gente.
Apenas salimos de las aceras de la calle nos metemos, pasada una gasolinera, en el Camino Real. Comienza aquí una larga subida. La vía está enlosada en su primer tramo y empedrada después. Pasa por Soutelo y Cudeiro, donde hay un mirador que permite ver desde las alturas el hoy brumoso Ourense. Enseguida llegamos a un mojón que nos sitúa aproximadamente a cien kilómetros de Santiago. A la vista del mojón hay un sentimiento doble mezcla de alegría y pena. Termina la cuesta y comienza un camino semillano, aunque tiene ligeras subidas y bajadas por prados y bosque. Bordea pueblos y carreteras (Tamallancos, Bouzas, Sobreiras, Foramontanos). En el bonito puente después de Sobreiras, Paca me hace una foto. Por caminos llenos de maleza llegamos finalmente a Cea.

Un hombre que está sentado a la puerta de su casa nos informa amablemente sobre el albergue de Cea y el camino entre Cea y el Monasterio de Oseira.
- ¿Veis aquellos eucaliptos en lo alto del pueblo? Pues allí sale el camino al monasterio. Que, ¿cómo está?, pues, ¿qué queréis que os diga?, de todo tiene.
Mientras hablamos con el hombre aparece, vestido de atleta olímpico y con mochila, un caminante francés. Apenas nos habla y ya está a doscientos metros que ha recorrido casi corriendo. El correcaminos galo nos grita que ha hecho tres veces el Camino Francés y que se va a Castro. Le deseamos buen camino según se aleja, sin detenerse para no perder ritmo. Al pasar casi ha dejado una estela, como las estrellas fugaces. Un rebufo que se llama.

Paca y yo tomamos un refresco en un bar de Cea, reponemos agua e iniciamos el camino al monasterio. Resulta ser un camino bellísimo con el encanto tradicional de los bosques gallegos. Acaba en una carretera que seguimos varios kilómetros hasta llegar al impresionante monasterio.

Llegamos a las dos bastante pasadas. En un bar cercano al monasterio nos informan de que los monjes duermen la siesta hasta las tres y media y que, hasta después de esa hora, no se les puede molestar. Es el bar Venezuela. También nos dicen que si no hemos avisado es muy improbable que nos alojen. La señora del bar dice que conoce a un señor que tiene una casa rural, que esperemos que va a buscarle. La casa rural es estupenda y muy fresca, pero el señor pide 50 € por ella. Le decimos que sólo vamos a usar una habitación y el final lo deja en 25 €. La señora que nos ha buscado la casa nos da de comer muy bien, ensalada, fiambres y queso. Un albariño muy frío alegra la comida. Precios populares. Luego una buena siesta en la fresca habitación de nuestra casa rural. Un placer.


A las 8 de la tarde volvemos al mundo de los vivos. Aseados y vestidos de bonito visitamos el monasterio. Un fraile de hábito blanco y negro sella nuestras credenciales y, al vernos tan presentables, dice:
- Hacen ustedes el camino en coche, claro.
Nos encontramos al señor que nos ha alquilado la habitación.
- Un regalo ¿eh?, que les conste que les he hecho un regalo. Claro que, tratándose de buenas personas…
- Le estamos agradecidos y eso es lo que hace falta, que lo seamos todos.
Cenamos donde comimos, pero como esta vez se lo encargamos a la señora, nos ha preparado ensalada, filete de ternera y tortilla de patatas. O sea, un lujazo para el paladar. Nos atiende una hija y nos hace un montón de preguntas sobre el camino. En el magnífico silencio y bajo las estrellas recorremos el trecho que separa al bar Venezuela de nuestra casa. Nos va dar pena marcharnos de Oseira, pero eso será mañana. De momento nos vamos a dormir.