31/07/2003

Etapa 30 – Vía de la Plata

(Ruta del Camino Fonseca - Etapa 9)

Puebla de Sanabria - Padornelo

 

Kms.

Horas

Dificultad

Clima

Señalización

Descripción general

25

7

Dura

Caluroso

Muy desvaída

Carretera, bosque, puerto de montaña.

 

Desayunamos en nuestra habitación café de sobre y galletas. Cuando salimos del hotel es el primer día que sentimos frío y nos sale vaho de la boca. No está mal, por variar. Por conocer el pueblo (hemos estado varias veces), nos vamos por un atajo desde nuestro hotel,  pasando por el Cuartel de la Guardia Civil, al puente viejo. Una vez allí ya estamos en el camino.

Hay que seguir unos cuantos kilómetros por el arcén de la N-525 hasta casi llegar al Terroso. Esta es la parte que se hace más monótona. Luego comienzan los caminos entre bosques y carreteras.

Dos cervatos se nos cruzan y huyen en direcciones distintas, uno cruza la carretera y otro se vuelve por donde vino, ¿habremos separado a dos hermanos para siempre? No lo quiera Dios.

El camino es umbrío, a veces con túneles de vegetación. Llegamos a Requejo donde nos preparan unos tazones de café con leche bien grandes con un plato de rosquillas caseras. La gente de Requejo es simpática y nos da conversación. Nos estampan en la credencial, muy orgullosos, su sello de color rojo que dice: "Bar-Tienda Bañao Parada en el Camino de Santiago Requejo (Zamora)". Nos dicen que en el pueblo hay varios bares y un refugio. Requejo es además un pueblo bonito con una salida larga y bien señalizada. Desde el cementerio de Requejo cruzamos la carretera vieja (por la que se puede subir también al puerto) y seguimos la señalización de la cañada. Así nos internamos por un camino poco transitado pero muy bello. El camino nos adentra valle arriba entre la espesa vegetación y por tanto casi siempre a la sombra. A veces hay tramos inundados, lo cual nos indica que no es un tramo adecuado para épocas de lluvias.

El camino, después de una hora, nos deja muy cerca de las ruinas de una nave. Tomamos entonces, siempre siguiendo las flechas desvaídas (que parecen casi de musgo), una pista en mejor estado que asciende a la derecha. Sin dejar esta pista, que asciende continuamente entre el bello paisaje,  llegamos a una explanada con naves en desuso, zonas con piso de cemento y quizás antiguas plantas hormigoneras utilizadas en la construcción de las carreteras. Estamos en la antigua N-525, que no debemos confundir ni con la actual N-525 ni con la autovía. Se trata de una carretera totalmente en desuso y, a veces, medio deshecha. Esta carretera será nuestro camino pasando por debajo de los viaductos de la moderna N-525 y de la autovía para, después de describir una gran curva y salvar un barranco, pasar de nuevo bajo los viaductos de la autovía y por encima del túnel de la N-525. Después, por un camino que deja a la izquierda las antenas desemboca en la  moderna N-525 por cuyo arcén llegamos al pueblo. Justo en ese momento, en el alto que hay a nuestra derecha, se produce una impresionante explosión y la cresta de una loma salta por los aires con una tremenda polvareda. Son voladuras para hacer accesos y bases para los molinos de viento.

Nos alojamos en el Hostal Padornelo, donde también comemos el menú del día. Está muy concurrido por gentes que trabajan en la construcción de molinos de energía eólica y camioneros, pues tiene un excelente aparcamiento. El jefe del hotel es un hombre nervioso y de modales bruscos cuyo fuerte no es el trato con el público ni la cortesía, sin embargo la señora que nos recibe y nos muestra nuestra habitación es educadísima y agradable. Vaya lo uno por lo otro. Cada uno es como Dios le hizo y aún peor algunas veces, ya lo dice el refrán.

El Padornelo es un pueblo bastante deteriorado que ha quedado encerrado entre la autovía y la N-525 como el cuello de un ahorcado. A la tarde subimos carretera arriba a visitar el pueblo y los otros dos bares que hay junto a la carretera. En el Bar Silva se venden embutidos de la tierra y vinos. El Bar Prada lo atiende un matrimonio mayor, la señora charla un rato con nosotros y nos cuenta que en invierno viven en el pueblo nueve personas. Nos dice que a veces alquila habitaciones e incluso casas y que también, de vez en cuando, da comidas. Nos despedimos de ella y nos bajamos al Hostal.

-         ¡Adiós y que el Santo atienda sus peticiones!, nos dice la señora muy cumplida.

En el hostal paran dos motoristas de la Guardia Civil con dos BMW estupendas. Entran en el bar con sus uniformes de verano y sus pistolas colgando a lo Clint Eastwood con las culatas al descubierto (muy de moda actualmente en el instituto armado) y se toman unas cañas. Algunos parroquianos aduladores les saludan y les dan conversación. Un gitano que está al otro lado de la barra les da ostentosamente la espalda nada más verles. Cuando los guardias terminan sus cañas se marchan bromeando discretamente con algunos parroquianos sobre la prueba de la alcoholemia. Dicen también que al día siguiente, 1 de Agosto, tendrán una jornada dura.

Paca y yo cenamos en el hostal y luego nos salimos a tomar un poco el fresco. Nos sentamos en una especie de terraza adosada a la pared externa del hostal que da a la gasolinera. Hay algunos camiones grandes aparcados cuyos chóferes se preparan para dormir en las cabinas acondicionadas. Algunos de los capataces de la empresa que construye los molinos toman una copa al fresco. Bromean entre sí y con las camareras y se burlan del gitano que ignoró a los guardias. El gitano, aunque trabaja con ellos, mantiene las distancias y no les sigue la broma. El gitano habla con un perrillo pequinés que está muy nervioso pues su dueño le ha dejado encerrado en el interior de un coche. Logra calmar al perro e ignora las burdas bromas. Se ve que el gitano tiene costumbre de tratar con animales. Enseguida nos vamos a la cama.