29/07/2003

Etapa 28 – Vía de la Plata

(Ruta del Camino Fonseca - Etapa 7)

Camarzana de Tera - Mombuey

 

Kms.

Horas

Dificultad

Clima

Señalización

Descripción general

33

8

Dura

Caluroso

Suficiente, a veces confusa.

Choperas, monte de encinas y jara, carretera.

 

Nos levantamos a las seis menos veinte, pues la etapa de hoy es larga. Tomamos unas galletas en la habitación. El bar del hostal está abierto, así que tomamos café y zumo de naranja. A las seis y cuarto salimos carretera adelante. Es la N-525. A los 500 metros tomamos el cruce a la izquierda que va a Pumarejo. Al cabo de un kilómetro más o menos estamos en el puente sobre el Tera. El paraje se llama La Barca y hay una excelente zona de acampada.

Nada más pasar el puente encontramos las flechas y seguimos a la derecha por un camino de tierra. El camino discurre entre choperas, maizales, acequias y brozas. El día va clareando.

Enseguida llegamos a Calzadilla de Tera, donde las flechas nos llevan a una iglesia vieja y medio en ruinas. La iglesia, tal como está, da algo de pena, como casi todos los edificios antiguos que conocieron tiempos mejores. A la derecha y detrás de la iglesia cruzamos un puente sobre un canal y tiramos a la izquierda por el camino junto al canal. No hacemos caso del cartel de prohibido el paso. A unos dos kilómetros cruzamos otro puente sobre el mismo canal y ya llegamos a Olleros de Tera.

Aquí hay, al menos, dos señalizaciones. Tomamos la que nos lleva a la iglesia y pasada ésta sigue hacia Otero de Bodas. Luego, a la derecha, sale una carreterilla flanqueada por postes de la luz que, a unos tres kilómetros, desemboca en otra más ancha. Siguiendo ésta, a la derecha, llegamos a la presa del pantano.

Atravesamos la presa y, a unos 30 metros, sale a la izquierda una carreterilla asfaltada. Aquí, a la sombra de una retama hacemos un descanso, nos revisamos los pies y tomamos un bocado. Hace ya mucho calor. La carreterilla bordea el pantano y nos lleva a Villar de Farfón.

A la altura del cementerio de Villar un gran bando de perdices se arranca entre la maleza a pocos pasos de nosotros. Al atravesar el pueblo una mujer viene caminando en sentido contrario. La mujer se anticipa a nuestro saludo. Nos dice que seguro que venimos de Sevilla, que estaremos muy cansados, que cuánto peso hemos perdido, que la senda que lleva a Rionegro del Puente no tiene pérdida y que, aunque con hierba, tiene buen firme, que pasan hasta con bicis...

-         Fíjense, yo misma bajé descalza un año desde aquí hasta el Santuario de la Virgen de la Carballeda. No les digo más.

-         ¿Y por qué?, tercia malintencionado un viejo que conoce a la mujer desde un poyo a la sombra.

-         ¡Uy! Pues por qué va a ser, por una promesa, como estos señores. ¿Verdad?

Efectivamente, siguiendo la senda poco señalizada pero sin pérdida llegamos a Rionegro del Puente. Detrás del Santuario de la Virgen de la Carballeda, a la izquierda de la carretera, descansamos y tomamos algo en un bar.

Salimos hacia Mombuey por un camino a la derecha de la N-525 que se toma en el mismo Rionegro y que cruza bajo la autovía. Al llegar a la carretera de Santa Eulalia el camino desaparece y quedan dos alternativa: seguir los postes del tendido eléctrico campo a través o el arcén de la N-525. Elegimos la segunda.

Una hora después estamos llegando a Mombuey con muy buen tiempo, o sea, asados. En el Hostal A Rapina nos dan las llaves del refugio y Casimiro, que debe ser el alguacil, nos lleva hasta  él. Nos dice que ayer pasó una china bien maja. No es por contradecir a Casimiro pero, ante la escasez de caminantes orientales en la Vía de la Plata, deducimos que debe tratarse de la japonesa infatigable que vimos en Montamarta.

En Mombuey, llegando al refugio.

El refugio es una casa de una planta, recién retejada y con aspecto de nueva. Es rectangular con una sala grande y, a la derecha dos puertas, la una de los servicios y la otra de un pequeño almacén. En la estancia principal hay dos camas con colchón, dos mesillas, una gran mesa con bancos y un sillón, dos sillas, cinco mesas de colegio y tres colchones más apoyados en la pared. La habitación tiene dos ventanas, una frente a la otra. Está cerca de la iglesia de la peculiar torre. Este refugio está muy bien y, aunque pequeño, en cuántos pueblos lo hubiésemos deseado.

Saludamos a los vecinos del refugio. Son unos señores del pueblo, en cuyo buzón hemos de dejar las llaves al marcharnos temprano al día siguiente.

-         ¿Pasa mucha gente?

-         Ya lo creo. Hasta una china hubo ayer. No la veas más maja, que antes de meterse al refugio dejó la mochila fuera y lo barrió todo. Y esta mañana nos ha dejado las llaves envueltas en un papel donde pone “Muchas gracias”. Mire, mire.

Los señores están encantados con la urbanidad de la "china" y es que buen porte y modales abren puertas principales y de bien nacidos es ser agradecidos. Y los refranes son llaves del conocimiento, sobre todo si riman. Es cosa sabida.

Comemos en el Hostal A Rapina. Nos dan muy bien de comer. Sellan nuestras credenciales y nos vamos a la siesta.

A la tarde, cuando ya creíamos que el refugio iba a ser para nosotros solos, aparece un ciclista. Se llama Carlos, es de San Sebastián y salió el 16 de Julio de Sevilla. Viene con un pañuelo cogido con imperdibles a la gorra de ciclista. Un atuendo muy artesano con aire colonial. Se ha perdido en el pantano y nos cuenta que, cansado y acosado por el calor, ha terminado por meterse en el agua vestido y calzado. Le decimos que si conoce la guía Ruta del Camino de Fonseca. Le hablamos de lo bien hecha que está y le decimos que, gracias a ella, nosotros no nos hemos perdido.

-         ¡Jo, ya podréis. Con la superguía esa...!

Cenamos con Carlos y nos contamos muchas cosas. Dice que conoció al cura de Santa Marta de Tera a quien nosotros no pudimos saludar. El cura, al saber que era vasco, le dijo:

-         Mucho, pero que muchísimo tenéis que rezar los vascos para que Arzallus y el “Escabeche” ese cambien.

Le contamos que a nosotros la curia zamorana nos ha parecido también algo peculiar, pero que deben ser signos de los tiempos que vivimos. Nos acostamos a eso de las once. Los niños del pueblo se entretienen en llamar a la puerta del refugio y cachondearse de nosotros. Me consuela la idea de que yo, de pequeño, habría hecho lo mismo. Bendito pueblo lleno de niños. Ojalá lo estuvieran todos, aunque no fuese verano.