25/07/2003 (Día de Santiago)
(Ruta del Camino Fonseca - Etapa 3)
Kms.
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Horas
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Dificultad
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Clima
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Señalización
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Descripción
general
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20 |
4 |
Fácil |
Caluroso |
Suficiente |
Zona
de cereal |
Como gozamos de un buen alojamiento en Zamora y la etapa va a ser corta, apuramos el tiempo de descanso en la hospedería. Las dos etapas anteriores han sido de unos 35 kilómetros y han mermado nuestras fuerzas. Así que, para remediarlo, salimos hacia las ocho y media bien descansados y desayunados.
La salida de Zamora, como la de casi todas las ciudades, se hace algo tediosa. Al cabo de 45 minutos ya nos encontramos en la carretera de La Hiniesta, luego en las escombreras de la ciudad y un poco después en los caminos de concentración por los que el camino discurre. Estos caminos tienen en esta zona un firme de pequeñas piedras rodadas que están sueltas. Esto hace que sea incómodo y fatigoso el caminar por ellos.
Atravesamos Roales del Pan, que es un pueblo bastante largo. Al final llegamos al Ayuntamiento, donde un par de monolitos hacen alusión a la Vía de la Plata. También hay una fuente, donde nos aprovisionamos de agua. A la salida del pueblo volvemos a las pistas de concentración. En el depósito del agua hay dos chicas sentadas que, al vernos titubear, gritan:
- ¡A la derecha y luego a la izquierda!
- ¡Gracias!
La pista continúa durante kilómetros. Ocre de barbechos, amarillo de rastrojos y el azul raso del cielo. No hay nubes. El sol nos abrasa el cogote y el aire sale como de la boca de un horno. Verano en Castilla, sobran más palabras.

Nos alcanzan tres ciclistas. Es su primer día, acaban de salir de Zamora. Van a hacer la Ruta de Fonseca (o sea, por Sanabria y Orense a Santiago). Les decimos que nosotros también y para nuestra sorpresa nos llaman pioneros. ¡Pioneros, qué fantasía tiene la gente! Les hablamos de la minuciosa guía que ha hecho de este camino Luis Antonio Miguel Quintales. Lamentan no conocerla y no haberla adquirido, pues viajan con una casi para coches. Nos despedimos. Aunque llevemos la misma dirección y sentido, la velocidad, es lo que tiene, genera separaciones y encuentros.
Son las doce y media cuando empezamos a llegar a Montamarta. Digo empezamos porque es un pueblo larguísimo cuya iglesia y ayuntamiento están casi al final.
- ¡Vayan corriendo a sellar, que el cura está a punto de irse!, nos dicen las mujeres que están saliendo de la misa del día de Santiago.
Cuando entramos en la iglesia sale de ella un caminante de larga barba y melena, ambas blancas. Parece extranjero y tiene cara de susto, pero no nos da tiempo mas que a intercambiar apenas una mirada.
- ¡Señor cura que vienen dos más!, dice una de las feligresas que salen.
La repentina obscuridad de la iglesia nos deja ciegos, por haber pasado tantas horas en la claridad más deslumbrante.
- Pero, ¿qué se han creído ustedes? ¿Es que no tengo yo otra cosa que hacer más que sellarles? ¡Pues sepan que tengo mucha prisa y no me puedo entretener con estas gaitas! ¡Qué tienen ustedes que estar al loro! ¡Qué hay que espabilar! ¡Qué no se enteran!, se despacha el cura con nosotros sin que hayamos abierto el pico.
- Perdone, pero acabamos de llegar en este momento y no sabemos nada.
- ¡Venga, venga, espabilen, qué me voy, qué no me gusta hacer esperar cuando tengo un compromiso!, nos sigue voceando el cura sin reparar en nuestro aturdimiento y cansancio.
El sacerdote nos sella de cualquier manera, no nos pone ni la fecha. Ante su actitud salimos corriendo de la iglesia, casi huyendo, con las credenciales en la mano, y las mochilas medio a rastras para no perder tiempo. Montamarta, Parroquia de Nuestra Señora del Castillo, día de Santiago del 2003. Amargo recibimiento para dos que caminan de Sevilla a Santiago. También al ánimo se le puede echar un cubo de agua. Se ve que la educación no es el punto más fuerte de este hombre de Dios.
A la salida nos cruzamos con el caminante extranjero de la barba blanca. Está anonadado, pues le ha caído un recibimiento idéntico. Su ventaja es que no domina el idioma hasta el punto de captar totalmente el desprecio con el que nos ha tratado el sacerdote.
Vamos al Ayuntamiento y en la secretaría un señor nos informa de que en el pueblo hay una casa de turismo rural y un hostal que dejamos un kilómetro atrás, junto a la carretera. Sólo en caso de que no encontremos nada, nos proporcionaría un local del ayuntamiento que está bastante destartalado. Notamos que el hombre no nos quiere meter allí de ninguna manera. La gente tiene su pudor.
La casa rural está ocupada, pero la amable propietaria llama desde su casa al Hostal El Asturiano y nos dice que allí tenemos habitación. Allí verificamos, con sorpresa, que cobran por persona (15 € por persona). Pensábamos que eso era sólo cosa de los albergues. pero que los hostales cobraban por habitación, como toda la vida. ¿Habrá aprobado la Consejería de Turismo de Castilla-León nuevas normas hoteleras? Estamos cansados y prácticamente sin alternativa, así que nos quedamos. Comemos el menú y, después, buena siesta.

A la tarde damos una vuelta por el pueblo, visitamos el viejo casino y tomamos un vino en su fresca terraza trasera. Cenamos, mejor que comimos, en el Restaurante Rosa Mari. El bacalao es especial, no me cansaré de decirlo. Ya anochecido, mientras tomamos el fresco en la terraza del hostal, llega una japonesa andando. Ha iniciado el camino en Salamanca y dice venir hoy desde El Cubo (unos 55 Km.). Nos quedamos atónitos, esto debe ser lo que llaman el peligro amarillo. La japonesa viaja sola y, para nuestra sorpresa, lleva la guía “Ruta del Camino de Fonseca”. Información y previsión, estos japoneses están a la última, se enteran de todo. Charlamos un rato con el dueño del hostal y su señora, que es la cocinera, y nos acostamos.