23/07/2003
(Ruta del Camino Fonseca - Etapa 1)
Kms.
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Horas
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Dificultad
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Clima
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Señalización
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Descripción
general
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35 |
8 |
Dura |
Caluroso |
Poca
en los caminos sí en los pueblos |
Salida
ciudad, zona cerealista, carretera, semidehesa, carretera. |
La salida de Salamanca (Plaza Mayor, Calle Zamora, Avda. Torres y Villarroel, N-630) no se hace tan larga como la de otras ciudades. Muy poca señalización no sólo en la salida sino en casi toda la etapa. Abundan, sin embargo, las flechas amarillas en el interior de los pueblos. La etapa fue por estas razones un buen test para la guía “Ruta del Camino de Fonseca”, que precisamente describe el camino comenzando en Salamanca.
Antes de salir de Salamanca desayunamos en una cafetería. Por la N-630 dejamos atrás la ciudad. Por un camino a la izquierda y paralelo a la N-630 llegamos a Aldeaseca de Armuña. Salimos del pueblo pasando por detrás de la iglesia y luego a la derecha. A unos 300 metros hay una bifurcación sin señalizar, tomamos el camino de la izquierda como dice nuestra flamante guía del Camino de Fonseca y ya, a partir de este momento, se convierte en nuestra continua referencia. Casi no hay flechas. Algunos caminantes nos habían dicho que, tras despistarse un par de veces, habían optado por hacer la etapa por carretera. Nosotros no queremos hacer esto.
Unas chicas hacen deporte por las pistas que llevan a Castellanos de Villiquiera, pero sólo conseguimos alcanzarlas en el pueblo. Con nuestra guía en ristre llegamos a Calzada de Valdunciel, donde hacemos nuestro segundo desayuno. Los parroquianos del Bar La Torre (tres hombres del pueblo y un guardia civil de uniforme) nos observan en silencio mientras toman su copa de por la mañana. El guardia (con pistola y esposas) sólo una, pues está de servicio.
- ¿Qué le debo de los cafés y las magdalenas, señora?
- 3 euros.
- ¿Pasan muchos caminantes?
- Ya lo creo, y cada día más. Son incontables los que pasan. Anoche, sin ir más lejos, tomé la fresca con una belga. Con eso ya le digo todo.
- Bueno, pues me alegro. Nosotros nos vamos al Cubo.
- ¿A estas horas? Pero si está haciendo un calor que se deshacen las grasas y tienen aquí un albergue nuevecito.
A pesar del parte meteorológico y de la hospitalidad, Paca y yo nos vamos. Cuando llegamos a la báscula que hay junto a la N-630, vemos a una pareja de la Guardia Civil, que utilizan un furgón flanco de incógnito, pesando camiones y furgonetas. En cuanto terminan con un vehículo y le mandan salir, paran al primero que pasa. ¡Oye qué tíos, es que no paran!
Se supone que de la raqueta que hay para entrar a la báscula (viniendo de Salamanca) sale un camino. Y así es, pero un laborioso labrador ha roturado los primeros 300 metros. De modo que hay que avanzar entre la broza y los terrones, siguiendo la vía del tren, hasta encontrar de nuevo el camino. Para muchos labradores el respetar los caminos es algo superior a sus fuerzas. ¡Oye, que codicia por sembrar! Después la señalización de nuestra guía es correcta, excepto en un punto (creo que el 38 del rutómetro) en que el texto dice izquierda y la flecha está dibujada a la derecha. Erratas.
Llegamos, hartos de calor y cansancio, al Cubo de la Tierra del Vino cuando el reloj de la villa da las 2 de la tarde con sus armoniosas campanillas. En el primer bar de la izquierda (el Bar Santo Domingo) nos dicen donde localizar a Don Tomás, el párroco, y de paso que dan comidas y tienen camas y que cobran a 12 € por caminante.
No hay nadie en casa de Don Tomás, pero sí una nota que nos manda a casa de una vecina. La señora nos lleva camino del albergue y en estas nos encontramos con Don Tomás que viene algo fatigado, con el alzacuellos abierto y una gorra de visera. Es un hombre corpulento de más de 70 años y con pinta de cura de los de toda la vida. Nos saludamos.
- ¿Qué? ¿Os ha mandado el del bar? Y os habrá dicho, de paso, que tiene camas, ¿no? Bueno, pues ya, coméis conmigo.
- Perdone, muchas gracias, pero es que ya hemos quedado en ir a comer allí.
- ¡Me ca...! ¿Pero es que esta gente no se da cuenta que el peregrino está fuera de su casa un montón de días y que no se puede pagar comidas y camas y cenas y...? Bueno, es igual, si no os hubiera cazado ese ya os hubiera cazado la otra... y así todos los días.
- Tienen que ganarse la vida, interviene la vecina con mucha prudencia.
- Bueno, pues cenáis conmigo. A las nueve. ¡Pero a las nueve en punto, eh!
El albergue tiene dos habitaciones separadas por el portalón de acceso a la iglesia, separado a su vez de la calle por una verja. En la habitación de la derecha, sin servicios y con dos camas, se alojan los transeúntes; en la de la izquierda con cuatro camas y un cuarto de baño (ducha, lavabo y servicio) los caminantes.
Comemos en el Bar Santo Domingo, donde encontramos a la francesa Genevieve, que a la hora de la siesta viene al albergue y descansa un rato. La francesa sigue su camino y le decimos que quizás nos veamos en Zamora al día siguiente. Tras la siesta y la colada damos una vuelta por el pueblo. Tomamos un vino y nos hacemos una foto con el jefe del Bar Santo Domingo.
- No os digo nada, cenáis con el cura. Me lo sé de memoria.
Se ve que aquí todos se conocen bien. Efectivamente, a las nueve en punto a cenar en casa del párroco. Don Tomás nos recibe muy bien, a mesa puesta y en plan familiar y campechano. Nos parte en el acto excelente embutido de la tierra. La mesa tiene en el centro una ensalada y, enseguida, sale del frigorífico una fuente de ensaladilla rusa. El cura nos sirve generosas raciones y nos llena dos vasos con el vino espeso y negro de la zona.
- Porque beberéis vino, ¿no?
Hablamos de cosas variadas, de caminantes, de transeúntes, de los problemas del trato con gentes desconocidas, de mantener abierto el albergue...
- Hasta a pegarme han llegado y uno, una vez, me dio un navajazo.
- Pues hace falta valor para continuar atendiendo a la gente.
A la ensaladilla le sigue tortilla de patatas con unos pimientos verdes grandes y picantes que hacen que a los tres se nos salten las lágrimas.
- Esto son pimientos y lo demás es hierba. Es lo que más me gusta en el mundo.
- Sí, Don Tomás, ¿pero no le duele el estómago?
- Claro, hija, por eso casi no bebo vino.
A continuación aparece una cacerola con bonito guisado y, enseguida, varios trozos pasan a los platos.
- ¿Y se porta usted así con todo el que pasa?
- Pues lo procuro, hermano.
- ¿Pasa mucha gente?
- Ciclistas sí, pero esos no son peregrinos, esos son turistas.
Mientras cae el bonito, don Tomás nos cuenta que los de Turismo querían poner un albergue abierto las 24 horas, pero como le dijo él a la encargada que vino:
- ¡ Y lo atiendes tú, maja!
También nos cuenta que hay mucha gente desagradecida que le ensucia el albergue y hasta le mean las camas y se van sin dejar el donativo (3 €) y sin dar ni las gracias. Hace poco vinieron unos con caballos que se le presentaron en casa exigiendo.
- ¡A ver, las llaves del albergue, cuadras para los animales y cebada para los caballos!
- ¡Si fuera para ustedes se la daba ahora mismo!
Don Tomás tiene un genio explosivo que aparece a la mínima, pero es bueno y al minuto parece que todo se olvida. Saca la fruta y una fuente con un gran flan casero y, cuando ya parece que el banquete ha acabado, va a la despensa y regresa con una caja precintada de pastas suizas.
- ¡Qué bien saben hacer los extranjeros estas cosas, las hacen pequeñitas, no como aquí, pero qué ricas!
- ¿Cómo ha podido usted sobreponerse a tantas cosas y seguir con tanta ilusión?
- Por el de arriba, hermano, que es buen jefe.
En esto llaman a la puerta.
- ¿Don Tomás, que si podemos quedarnos en el albergue, que somos tres ciclistas?
- Pues claro, y cenar también, que aquí tengo a otros dos.
- No, para cenar traemos, pero, si quiere usted compañía, venimos a pasar un rato con usted.
- ¡Oye, oye¡ A ver si nos entendemos. ¡No confundas los términos! ¡¡El que da compañía a los peregrinos soy yo y no al revés!! ¿Estamos? ¡Pues sólo faltaba esto!
El aludido se disculpa un poco azorado y tras saludar se va.
- ¿Lo estáis viendo? ¡Ciclistas tenían que ser!
Don Tomás sella nuestras credenciales. El sello de la Parroquia de Santo Domingo es bonito y original.
- Lleva la estrella y éste es el Ángel de los Caminos.
Nos vamos los tres al albergue, después de dejar un donativo, para el mantenimiento del mismo, en el cestillo que hay sobre un mueble en uno de los pasillos de la casa.
- Dejadme aquí el donativo, si queréis dejar algo, que muchas veces la gente lo deja en el albergue y algún espabilao me lo recoge.
Cuando llegamos al albergue vemos que los tres ciclistas están organizándose. Son dos andaluces y un vasco. Los andaluces son de Coín (Málaga) y uno de ellos, casualidades de la vida, se llama como yo, Salvador Sánchez. Como han visto que estábamos Paca y yo en la habitación más grande, ellos, para no molestarnos, se han acoplado en la pequeña. Les decimos que podemos compartir las habitaciones, que para eso están, que no nos molestan. Sin embargo los tres chicos dicen educadamente que se quedan donde están.
- Dejadles que se apañen. Vosotros donde estáis. ¡Buen Camino!
- Gracias por todo, Don Tomás.
El cura se va a dar un paseo con un bordón de peregrino y les dice a los ciclistas que pasen a sellar a eso de las 11. Tomamos el fresco un rato en la terraza del Bar Santo Domingo y luego, tras dar las buenas noches a los ciclistas, a dormir.