05/07/2003

Etapa 4 – Vía de la Plata

Almadén de la Plata – El Real de la Jara 

 

Kms.

Horas

Dificultad

Clima

Señalización

Descripción general

18

4

Normal

Caluroso

Buena

Dehesa con desniveles grandes

 

Después de la mejor noche del camino, hasta el momento, dejamos el albergue de Almadén a las 6,30 y vemos venir hacia nosotros al caminante de las conchas santiagueñas en pecho y espalda. Va siguiendo las flechas que llevan al albergue. Le decimos que va en dirección equivocada y le acompañamos a la plaza de toros que es por donde el camino sale del pueblo. El caminante nos dice que hoy quiere llegar a Monesterio. Se ve que el caminante de las conchas está en forma.

-         ¡Buen camino!

Paca y yo nos vamos a desayunar al bar de la Plaza de la Palmera. Luego dejamos Almadén con calma, pues la etapa es corta y nos apetece disfrutarla. La señalización es buena hasta en el Arroyo de la Víbora. En general la señalización nos está sorprendiendo gratamente en la provincia de Sevilla.

Al cabo de un rato llegamos a la gran cancela que hace de puerta a la finca Arroyo Mateos. Está abierta o, mejor dicho, está cerrada pero sin candado. Entramos y dejamos la cancela como la encontramos. Es un hermoso recorrido bajando y subiendo cuestas (a veces casi rampas), pero que, con la fresca y dado lo hermoso del paraje, se hace a gusto. No vemos vacas en la finca, sólo cabras y ovejas. Respiramos.

Cuando salimos de la finca aparece un mastín amenazador. Sin dejar de andar le hablo bajo y suave. El mastín, cumpliendo con su deber (no dejar de ladrarnos), nos acompaña unos cien metros. Cuando salimos de sus dominios, no da un paso más, pero sigue ladrando mientras nos alejamos. Buen perro.

Ya por el camino cercano al pueblo pasamos por el monolito y el bordón en recuerdo a José Luis Salvador (gran entusiasta y promotor de este camino, según hemos leído).

Casi sin darnos cuenta estamos bajando por las calles de El Real de la Jara. Son las 11 de la mañana. En el Ayuntamiento sólo está el alcalde.

-         Suban a mi despacho, que no hay nadie.

-         Buenos días. ¿Nos podría sellar las credenciales?

-         Siéntense, por favor.

-         ¡Pero si vamos hechos unos guarros, cómo nos vamos a sentar en estos sillones!

Sin embargo, se empeña en sentarnos en los sillones de su despacho, nos sella amablemente, se interesa por nosotros, nos informa sobre el pueblo y nos da un rato de conversación. El alcalde es un hombre campechano. Cuando ya nos vamos nos llama y nos regala dos gorras de El Real de la Jara. No sabe, el hombre, cómo agasajarnos. Damos las gracias, abrumados por tanta amabilidad y nos vamos a buscar la Fonda Molina.

En la Fonda Molina, aunque es una casa antigua de gruesas paredes, relucen los suelos y una chica joven no deja de limpiar. Dentro hay una señora mayor sentada en un escaño de la cocina.

-         ¡Buenos días! ¿Se puede?

-         Pasen, pasen.

-         Vamos a manchar este suelo tan reluciente.

-         ¡Relucirá, pero no está limpio! ¡Así que no se va a manchar!, nos espeta la severa abuela de la joven saliendo de la penumbra.

En la Fonda Molina nos dan una habitación de matrimonio con baño compartido y un orinal muy hermoso debajo de la cama. La habitación tiene ventana grande a la calle, persiana y una bonita bóveda por techo.

Comemos en La Cochera, como nos indicó el alcalde. Luego una buena siesta cobijados en la frescura de nuestra habitación. Comienzan a acumularse los kilómetros y las piernas están algo embotadas. Hace mucho calor y nuestros cuerpos piden descanso.

Por la tarde compramos galletas, leche y zumo para la mañana siguiente. En el pueblo hay boda. Así que nos entretenemos un poco curioseando. La novia, lejos de llegar a la iglesia en un Mercedes con lacitos blancos como en las capitales, baja a la iglesia atravesando el pueblo del bracete de su padre. Nos gusta el detalle. A la salida de la iglesia, ya se sabe, el arroz se ha hecho un trámite inevitable. Los hombres todos con traje, chaleco y corbata, con la que está cayendo; las mujeres con esos vestidos y esos sombreros que parecen pedidos en préstamo al ropero de Su Graciosa Majestad. El convite no era en el pueblo, así que nos perdimos el baile.

Cenamos donde comimos y, después de un rato al fresco, no tardamos en irnos a acostar. Nos dormimos con el susurro de las conversaciones de los vecinos que, sentados en sillas o poyos, toman el fresco a las puertas de sus casas. Eso también se hacía en Guadalajara cuando yo era pequeño.