Dormimos
en el refugio de Arca la noche del 6 al 7 de Agosto. Nuestra última noche en el Camino.
El día anterior la jefa del refugio puso orden enseguida en el mismo. Es un refugio
bonito y bien atendido el de Arca. Algún peregrino llegó, procedente de Roncesvalles, a
última hora. Fue atendido y tuvo cama.
La noche, la última del Camino para casi
todos los peregrinos y caminantes, está llena de nervios y afanes. Son las 2,30 de la
madrugada cuando unos comienzan a meter ruido y dicen que se van, que quieren hacer el
último trozo del Camino a la luz de las estrellas. ¡Hay que joderse, pero si está
nublado!. Bueno, pues es igual, que se van y que se van. Otros se van a las 4, nadie puede
sujetar sus nervios. Paca y yo estamos muy cansados, aguantamos hasta las 6,30.
Antes de abandonar este refugio me doy una
vuelta por nuestro pabellón en plan nostálgico. Comprendo que el Camino se acaba y
quiero guardar en mi retina los recuerdos que pueda del último refugio. Me quiero quedar
con algo, no me resigno a abandonar, de vacío, el albergue. Al observar con tranquilidad
veo que los peregrinos, en su ansiedad, han olvidado bastantes cosas: jabones, útiles de
higiene personal, alguna camiseta, un pantalón...
Aún es de noche cuando Paca y yo salimos
de Arca, tan de noche que un chico y una chica de Burgos se vienen con nosotros porque
ellos no tienen linterna. Charlamos de cosas intrascendentes. Paca y yo estamos tristes.
Yo creo que se nos nota que queremos caminar solos ese último día, pues los chicos,
apenas aclara la mañana, buscan una excusa para quedarse atrás.
En Lavacolla entramos a desayunar a un
hostal. A la encargada del hostal le horroriza que entremos con mochilas y nos pide, firme
pero educadamente, que las dejemos a la entrada. Desayunamos despacio, todo lo hacemos hoy
con parsimonia, saboreando cada momento. El bello Camino termina y nos cuesta irnos de
él.
Subimos despacio al Monte del Gozo. La
"vuelta ciclista jacobea" nos adelanta por última vez. Muchos de los ciclistas
echan pie a tierra ante las rampas del Monte, a estas alturas el corazón nos falla mucho
a todos. Al poco comienza a llover, cada vez más violentamente. Se levanta un viento
fuerte y cae granizo fino mezclado con la lluvia. No para. No hay capa, plástico ni
gore-tex que resista. Estamos empapados de los pies a la cabeza, pero no paramos de
caminar hasta el refugio del Monte del Gozo.
El refugio del Monte del Gozo es muy
moderno. Este refugio si que está preparado para acoger gente en gran número, darles de
comer y proporcionarles servicios. Es lo más parecido a lo que Paca y yo hemos venido
pidiendo desde que entramos en Galicia. Sin embargo, ¡qué cosas!, no nos gusta. No vemos
el momento de salir de allí. Lo dejamos a poco de sellar y tomar un bocado en la
cafetería. Sin miedo a la lluvia y al vendaval, con los cuerpos calados y mis botas
rajadas por la suela, ya definitivamente, nos dirigimos a apurar los últimos cuatro
kilómetros.
Comienzan a verse las torres de la
catedral. No hay apenas peregrinos a esta hora (las 11,45) en la entrada a Santiago, pues
el temporal no para de soltar agua.
Paca y yo, la mitad del tiempo en silencio
y la otra mitad hablando, vamos recordando a las personas y a los amigos que nos han
acompañado en el Camino. Unos lo hicieron de forma física, otros no; unos con salud,
otros enfermos; la mayoría vivos, alguno muerto. Sí, alguno nos acompañó muerto, ¡es
verdad!. El Camino es de todos, ¿o no?.
Cuando queremos darnos cuenta ya estamos
en la Puerta del Camino. Enseguida llegamos a la catedral. Salimos a la Plaza del
Obradoiro por la esquina que da al Hostal de los Reyes Católicos. Miramos la catedral y,
en silencio, Paca y yo nos abrazamos. El abrazo es largo. También nos besamos. No decimos
nada. Hemos dejado de ser peregrinos en ese instante. El Camino, que comenzó en nuestras
mentes algún año atrás, permanecerá en ellas los años que duremos.

Paca y Salva llegan en este momento. Es el final de su
viaje y no saben si reir o llorar...
La Plaza del Obradoiro está muy
concurrida. Alguien nos hace una foto mientras regaña a unos chavales que, alrededor
nuestro, nos hacen cucamonas.
El Camino nos ha devuelto a la marea
humana que hace un mes dejamos. Nos ha devuelto a donde nos cogió. Santiago de Compostela
es una fiesta. En algún sentido se parece a los Sanfermines. De hecho, los grupos de
jóvenes cantan las mismas canciones en un lugar que en otro. Allí llevan todos un
pañuelo rojo: "San Fermín"; aquí los pañuelos varían en colorido (rojos,
azules, verdes, amarillos...) pero también se corresponden con advocaciones celestiales:
calasancios, adoraciones nocturnas, marianistas, javieristas... Al fin y al cabo tenemos
santos y cofradías para todos, unos con más vocación taurina, otros con menos.
¡ Buen Camino !
Paca y Salva.
(Ya experegrinos de "posibles"
que, por primera vez, intentaron hacer el camino con unas peligrosas botas "sin
domar". Las botas rugieron, escarabajearon y mordieron alguna que otra vez, pero,
como se puede leer en el relato, el Salva acabó con ellas, y no al revés, antes de
convertirse en experegrino.)
Etapa 30
Fin