Una
de las jornadas más bellas y sentimentales del Camino.
Salimos de noche de Rabanal, como siempre
hemos hecho en todas partes. Esta mañana necesitamos utilizar la linterna hasta que,
desde el camino que sale de Rabanal, alcanzamos la carretera.

Aún no ha terminado de amanecer en Foncebadón.
Cuando queremos darnos cuenta ha aparecido
el esqueleto de Foncebadón como la raspa desnuda de un pescado. Foncebadón sigue tirado,
dispersadas sus piedras y vivas aún sus tapias y paredes, allá donde siempre. Ahora,
junto a la carretera, están haciendo un bar-parada de peregrinos. Poco después la Cruz
del Ferro.

Cruz del Ferro
Hace unos 10 años, cuando pasamos por la
Cruz del Ferro por primera vez, era un lugar impresionante. Su soledad imponía. Hoy,
cuando hemos pasado por allí, la gente se reunía en su base, ponía banderas, pegaba
pañuelos en el tronco de madera que sustenta la cruz, camisetas, recados escritos en
folios, incluso escribían en el mismo poste. La ingenuidad del caminante: sentirse más
importante que el camino.
Paca y yo abandonamos pronto el lugar tras
dejar nuestras piedras de pedernal, traídas de Guadalajara, y desear la salud para
nuestro amigo Ignacio.
Hoy la Cruz del Ferro es una romería.
Luego los peregrinos bajan en coche, otros en bici, otros andando sin mochilas
(interpelados de cuando en cuando desde sus coches de apoyo: ¿Necesitáis algo? ¿Tenéis
sed?...), los menos lo hacemos con nuestra impedimenta a la espalda y un poco abochornados
por el espectáculo.
Durante la bajada, hay peregrinos sin
mochila que no pueden entender que un cuarto de kilo de mujer, como Paca, cargada con una
mochila que abulta más que ella y un tipo corpulento como yo, cargado con un bulto de 12
kgs., les adelantemos. Se obcecan en seguirnos. A los pocos kilómetros desisten. El
entrenamiento y las muchas etapas recorridas nos han enseñado a mantener unos ritmos
engañosos: somos fáciles de adelantar pero, sin interrupciones, nuestro paso es difícil
de mantener.

En Manjarín.
Sellamos y somos obsequiados con un café
en el pintoresco refugio de Manjarín.
Desayunamos en El Acebo, en cuya
pronunciada bajada a una voluminosa danesa le falta poco para despeñarse. Duelen las
rodillas en las bajadas, también las puntas de los pies.

Bello paraje antes de descender a El Acebo.
Atravesamos a buen paso Riego de Ambrós.
Después de este pueblo ha habido un incendio, pocos días antes, y es una lástima
atravesar el paraje calcinado, ¡vaya desolación!. Un hombre mayor, sentado en una
piedra, nos para, nos pregunta de dónde somos y nos cuenta lo del incendio. Da miedo,
parece que aún está caliente el suelo.
Nos dicen que en esta peligrosa bajada,
aun por carretera, dos ciclistas han tenido un accidente y una ambulancia ha subido a por
ellos. Parece ser que es un lugar propicio para accidentes de bicicleta y que años atrás
murió aquí un ciclista.
Llegamos a Molinaseca. Nos detenemos a
contemplar este bonito pueblo. Un pueblo con muchísimo ambiente. Tomamos una cerveza con
un caminante conocido en un bar junto al río. Nos vamos, a nuestro amigo le apetece otra.
De allí en adelante la entrada en
Ponferrada se hace muy pesada. Un largo dar vueltas hasta llegar al refugio, dejando a
nuestra izquierda las murallas del castillo.
El refugio de peregrinos de Ponferrada lo
controlan unos hospitaleros francófonos. Están sentados a la espera del peregrino en el
primer piso del refugio. Parecen un tribunal. Ofrecen agua y se maravillan de que los
españoles sepamos beber en botijo sin atragantarnos. Les digo, con mi cara más seria,
que tengo facilidad para ello porque hice un curso de 3 meses en UCLA. Me preguntan que si
lo digo en serio. Finalmente nos estampan un sello muy fanfarrón que casi ocupa 4
espacios normales en nuestras credenciales. El nuevo albergue, aunque inaugurado, aún no
está en uso. Paca y yo nos alojamos en el Hotel Conde Silva.
El casco antiguo de Ponferrada es lo mejor
del pueblo pero, para nuestra desgracia, la plaza mayor está en obras. La parte nueva es
una "cementaria" que, al igual que en otros lugares, no dice nada.
Etapa 22
Etapa 23