La
salida de León casi tan horrorosa como la entrada. Afortunadamente la ciudad merece la
pena y compensa de estas calamidades. Da pena, al igual que de Burgos, irse de León. Sin
embargo, Paca y yo, convenimos en que hemos de hacerlo: Hemos venido a hacer el Camino y
no a jarrearnos al "barrio húmedo".
Salimos a las 6 y media de León y, ¡un
nuevo portento!, comienzan a salir peregrinos de debajo de las piedras. Paca y yo
alucinamos. No conocemos a nadie. Avivamos el paso y vamos dejando atrás los vericuetos
de la salida de la ciudad.
Desayunamos en un bar-cafetería que está
casi frente a la iglesia de la Virgen del Camino. El dueño del local, un señor de unos
60 años, trata con mala leche natural a los peregrinos. Le sabe mal que utilicen los
servicios, les mira de reojo, les da de desayunar de mala gana y dando bufidos, y, para
redondear la faena, les mete una buena clavada:
-"¡Quede usted con Dios!"
Los peregrinos se van apresuradamente
antes de que el señor del bar les regañe por alguna otra cosa.
La etapa de hoy es un paseo. Día casi de
descanso. Llegamos a Villadangos del Páramo y no hay en el refugio de peregrinos ningún
responsable. Son las 11 de la mañana. Un chico nos dice que, para sellar, en la
panadería. Allá nos encaminamos. La panadería está en la calle principal del pueblo,
paralela a la carretera.
-"Señora, ¿hay aquí algún
hostal?"
-"Uno muy bueno y nuevo, ahí a la
vuelta, el Hostal Libertad."
En el hostal nos damos un baño. Revisión
y cura de ampollas. A tomar el vermú. Hoy la vida es bella y además está nublado,
también se agradece un poco de fresco. No creo que se nos ocurra repetir etapas como la
de ayer.
Comemos en el hostal. No son muy buenos
dando comidas. El menú es escaso e insulso. Todo no puede ser perfecto. Buscaremos otro
lugar para cenar.
Hemos visto pasar a un peregrino conocido:
un francés joven que va con una chilaba, no sabemos si por alguna promesa o porque le
habrán dicho que protege del calor en estos desiertos. El francés nos dice adiós muy
contento y nosotros a él.
Siesta. Unos vinos por las dos tascas del
pueblo. En una de ellas asistimos a una discusión entre dos vecinos del pueblo acerca del
uso del agua:
-"¡Tú con tal de que beban 'las tus
vacas' te da igual anegar fincas,¡ señorín!, que eso es lo que tu eres: un señorín. A
ver qué recojo yo luego en 'las mis fincas' si las encharcas cada vez que 'te se pone'
por los cojones!".
La discusión se prolonga y por momentos,
entre blasfemias, puñetazos sobre el mostrador, insultos y voces, parece que los dos
vecinos se van a matar. Alguien media y la cosa lentamente vuelve a su cauce. Finalmente
los dos del agua se van juntos, intentando quitarle hierro a las barbaridades que se han
dicho, al fin y al cabo han de verse mañana y pasado y la mayor parte de sus vidas.
Por la calle principal del pueblo, la de
la panadería, nos encontramos con Marisa, la gallega. Nos dice que están en el refugio
de peregrinos y que su padre, ¡hay que joderse!, le ha mandado a comprar y a hacer la
cena. ¡Cómo si ella no estuviera tan cansada como él!. Nosotros le decimos que los
padres son para quererlos y para respetarlos, pero que si quieren hacer el Camino de
Santiago es mejor, definitivamente, que lo hagan por su cuenta.
Volvemos a cenar al hostal, esta vez a la
carta, pues en el pueblo no encontramos mejor proporción.
La noche en Villadangos del Páramo es un
gozo para los peregrinos. Paca y yo dormimos como piedras. Tal es el cansancio que, más
que dormir, parece que perdemos el conocimiento.
Etapa 19
Etapa 20