Etapa 18

El Burgo Ranero-León

26-Julio-1999

A Santiago 348 Kms.

(Distancia 37 Kms. // Tiempo empleado 9 horas)

 

 

 

La noche del 25 al 26 de Julio dormimos, es un decir, en el Burgo Ranero. La Fonda Lozano está cerca de una gran charca. Durante la noche comprendimos cual es la razón del nombre de este pueblo: Las ranas de la charca mantuvieron un concierto que duró toda la noche. Por si fuera poco, apenas nos habíamos acostado (eran las 10 y media), cuando se presentó, a ver a Doña Mercedes, el ama, un amigo y cliente suyo que iba de paso. El amigo en cuestión era, según dijo, vendedor ambulante de melones. El asunto fue que su arenga se oía perfectamente desde la primera planta de la casa, que era donde estaba nuestra habitación. El buen hombre, se ve que por la costumbre, hablaba con Doña Mercedes como si estuviera pregonando las fiestas de Villaconejos. Deformaciones profesionales de las que ninguno estamos a salvo. Cuando el melonero se despidió del ama y se fue, pudimos pasar a escuchar con nitidez a las ranas que, cuando salimos del pueblo a las 6 y diez minutos de la mañana, todavía estaban rematando su concierto.

No debimos hacerlo, pero lo hicimos. Supongo que, aprovechando lo bien que habíamos descansado en el Burgo Ranero, pensamos que lo suyo era llegar hasta León.

Comenzamos a andar por el andadero. Por cierto, este andadero discurre hasta Mansilla de las Mulas junto a una pista de tierra roja que es mucho más ancha que el andadero. ¿No hubiese sido más conveniente hacer andaderos en zonas sin camino?. No siempre son fáciles de entender las decisiones de los que nos gobiernan. (Por justas y acertadas que éstas sean).

Saliendo de Mansilla...

En Mansilla de las Mulas...

Desayunamos en Reliegos. En Mansilla de las Mulas disfrutamos atravesando la ciudad, el puente a la salida, las murallas... . El sol quemaba. En Mansilla nos encontramos con Luz, la peregrina del lento caminar, cargada de bolsas y con el bordón rematado por la bandera de España. Intercambiamos un saludo, después cada uno a lo suyo. Andando.

El acceso a León inacabable. Paramos en Puente de Villarente a tomar un refresco, allí nos encontramos con una peregrina catalana vestida de hippy, fresca como una rosa. Es de las que hacen trampas con mucha naturalidad. Volvemos a parar y sellamos en Arcahueja, en el café-bar La Torre.

¡Paca, no siento las piernas!

(El Salva llegando a León hecho polvo). Bajamos el Alto del Portillo...

Bajamos el alto del Portillo entre coches, motos y camiones que lo suben como si fuera aquello el circuito del Jarama. Al llegar a las primeras casas tenemos que sentarnos en un banco, desfallecidos.

Finalmente, cruzamos el puente sobre el Torio. Andamos atravesando León hasta el Hostal de San Marcos, allí cerca, en el Hostal Don Suero, nos alojamos. Eran las tres y cuarto de la tarde cuando llegamos. MUERTOS.

Por la tarde fuimos al centro y al "barrio húmedo". Nos sentamos en una terraza de la calle, ahora peatonal, que sube hacia la catedral desde la Plaza de San Marcelo. Por poco partimos las sillas, ¡qué cansancio!. Comentamos los poquísimos peregrinos que habíamos visto entre Burgos y León (andando claro, en los bares los hubo a manta.). Concretamente, en la larguísima caminata de hoy, Paca y yo, sólo hemos visto dos entre el Burgo Ranero y Mansilla de las Mulas y otros dos entre Mansilla y León. De la "Vuelta Ciclista Jacobea" nos pasarían unos treinta, la mayoría usando el andadero en lugar de la hermosísima pista de tierra que discurre paralela a éste.

Estamos hablando de esto cuando, de repente, ¡fíjate, Paca, en aquellos!. Eran el brasileño luchador de sumo y su mucama. Caminaban tan frescos por la calle peatonal. "¿Cómo habrán llegado hasta aquí. Paca?", dije yo totalmente incrédulo, fascinado por lo que me parecía una visión. "Pues en autobús, Salva, o, ¿es que estás tonto?", dijo Paca que, a diferencia de mi, utiliza la lógica. Pues allí estaban.

Hemos comido en el Hostal Don Suero casi lo que nos han querido dar, dada la hora de nuestra entrada en el comedor (casi las 4 de la tarde, una vez aseados). Desde allí también llamamos a Ramiro. Paca y yo decidimos, casi digerida ya la larga caminata y tras nuestra buena sentada de la tarde, premiarnos con una buena cena en el restaurante Casa Pozo. Bien hecho.

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