Salimos
del refugio casi a las 6. Antes tomamos un vaso de leche que ha dejado el hospitalero, no
sé si lo he dicho, la noche anterior para los peregrinos.
Cantan las codornices y el campo huele a
cereal seco. Apenas han empezado a cosechar.
Enseguida adelantamos a las dos americanas
de la tarde anterior. No nos enrollamos con ellas, nos apetece ir solos.
En Arroyo San Bol hay un pequeño refugio
con capilla, donde el caminante puede tomar café. Paca y yo pasamos de largo .
Subimos de nuevo al páramo. La llanura
amarilla de mies hasta donde alcanza la vista, es de un amarillo húmedo, pesado y mate a
estas horas tempranas de la mañana.
Hontanas surge del suelo casi de repente.
Bajamos del páramo al pueblo y nos metemos en el primer local que encontramos abierto. Es
la taberna del Vitoriano, uno de los lugares mas "cutres" que hasta ahora hemos
encontrado en el Camino.
Sin embargo, Vitoriano es comunicativo y
atento con el peregrino, además, sabe beber vino de un porrón echándoselo por la
frente. Habilidad ésta muy notoria y de la que no todo el mundo puede presumir.
No es Vitoriano muy amigo de los
hospitaleros que regentan los refugios de Hornillos y Hontanas, pues dice que, el primero,
no debería cobrar las 500 ptas. pues ya recibe dinero de la Junta de Castilla-Leon y que,
el segundo, está conchabado con el del bar de la piscina donde manda a comer a la gente,
quedando así menguado su humilde establecimiento.
Nosotros le decimos que lo que recauda el
de Hornillos es para el Ayuntamiento, según nos dijo su mujer, y que, además, da un vaso
de leche por la mañana .
Vitoriano nos contesta que "eso de
que es para el Ayuntamiento nos lo atemos a un dedo" y que si está recibiendo 20.000
ptas. diarias de los peregrinos, amén de lo de la Comunidad, "!Ya puede dar leche,
ya!".
Dejamos Hontanas por un camino donde las
carreras de los conejos son frecuentes. Una víbora, asustada por nuestros pasos y nuestra
conversación, se mete precipitadamente entre las hierbas a la derecha del sendero. Este
trozo, hasta Castrojeriz, lo hacemos en compañía de Fernando y Javier, a los que hemos
encontrado en el bar de la piscina al salir de Hontanas.
Bajo los arcos del convento de San Antón los peregrinos se hacen
fotos Una minivuelta ciclista (Jacobea, por supuesto) nos adelanta. Se ve que van bien
organizados porque todos pasan serios y rápidos. Sólo el último, por delegación, nos
dice: "¡Buen Camino!".
Recordamos, Paca y yo, que en la puerta de
la Colegiata de Castrojeriz hay cuatro herraduras. En su día se nos dijo, por una
cicerone local, que dichas herraduras fueron dejadas allí por el caballo de Santiago en
un salto que éste hizo desde lo alto del Castillo a la Colegiata. Fernando y Javier se
tronchan de risa. La anécdota, a pesar de sus risas, es cierta.
A la entrada de Castrojeriz visitamos la
colegiata y sellamos nuestras credenciales. Fernando y Javier comprueban que,
efectivamente, allí están las cuatro herraduras. En la Colegiata nos confirman que el
albergue no se abre hasta la una. Efectivamente son las 11 y hay un montón de peregrinos
esperando a la puerta. Paca y yo nos separamos de Fernando y Javier y nos alojamos en el
Hostal El Mesón.
A la una de la tarde Castrojeriz nos
ofrece el peculiar clima castellano en estas fechas y a estas horas: La gente busca las
sombras y las agarra, se pega a ellas, las parte.
Antes de comer compramos champú para
todos (nadie quiere llevar un bote de más de medio kilo). Lo usamos y se lo pasamos a
Fernando, Pepe y Javier. También desde Castrojeriz mandamos dos postales, una a Ramiro
que está en Villanueva del Alcorón y otra a los del Bar El Trébol de Guadalajara.
Comemos con los compañeros en El Mesón.
Por la tarde tomamos un vino con Fernando, el de Zaragoza, y con el Comandante Pepe, el de
Valladolid. Pepe se ha tenido que comprar otro transistor en Castrojeriz, pues el que
tenía se lo quitaron ayer en un bar mientras desayunaba. Los chorizos que no descansan,
oye.
Paca y yo cenamos, en mutua compañía, en
el mismo lugar en el que comimos. A las 10 en la cama estés.
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Etapa 14