Esta
mañana, día 19 de Julio, antes de salir del Monasterio de San Juan de Ortega, hemos
pasado a despedirnos del cura. Estaba levantado y nos ha invitado a café con leche y
galletas. Por cierto, había preparado desayuno para todos los peregrinos. Simpático pero
sobrio, reside en este apartado lugar todo el año. Nos despedimos:
-"Hasta la próxima y gracias."
-"Hasta entonces y cuidado con el
lobo."
-"Entre Paca y yo, el lobo no puede
dudar" - Indico yo, señalando nuestra diferencia de tamaño.
-"No lo creas, el lobo coge siempre
al último."
Salimos a las 6'20 con una niebla de las
que escupen. Nos despedimos del bosque, primero antes de llegar a Agés y después al
pasar el alto que han alambrado los militares. Al subir este último una hermosa liebre se
sienta a vernos pasar a unos cien metros. Arriba, en el alto la niebla no permite ver más
allá de los 50 metros. Nos encontramos con un joven francés un poco desconcertado por la
niebla. Nos saludamos y al poco, el chico, se adelanta a nosotros.
En Riopico desayunamos de nuevo y ponemos
el hermoso sello verde del lugar en nuestra credencial. Hay en el bar unos cuantos
peregrinos, todos conocidos.
Llegando a Villafría, un hombre viene a
nuestro encuentro, nos dice que es de la Asociación de Amigos del Camino de Burgos y, uno
por uno, pregunta a cada peregrino que encuentra cómo está física y emocionalmente y si
necesita algo. Se lo agradecemos. Nos dice que ha hecho 11 veces el Camino y nos aconseja
sobre dolores y ampollas. Desaparece como vino, en dirección contraria.
La entrada de Burgos, interminable. En ella encontramos a
una peregrina anciana que enseguida nos identifica como peregrinos y nos saluda, es
francesa. Va despacio, sola y con macuto. ¿Donde irá esta abuelilla?.
Llamamos a José Luis, el soriano, por
teléfono. ¿Qué, te animas a hacer alguna etapa?. No pudo ser.
Entramos en una farmacia, pues a Paca ayer
le vino la regla, y aprovechamos para pesar mi mochila: 12 Kgs.. Paca no quiere saber lo
que pesa la suya.

Junto a la catedral de Burgos.
A las 12 estamos en la Catedral, donde nos
sellan la credencial y nos dan conversación con muchísima simpatía.
Nos alojamos en pleno centro, en el Hotel
España. Después Paca me cura una ampolla grande en el talón. Está hecha una artista.
Como tiene que haber tiempo para los
buenos placeres, nos vamos a comer al Ojeda. En el restaurante Ojeda, para aquellos que no
lo sepan, se come de primera. Lo juro.
Después tomamos café en una terraza del
Espolón, donde lo compartimos con dos jóvenes colegas peregrinos, uno de Alfaro y otro
de Valencia. El de Alfaro cumple años. ¡Qué nos den una copa!. La siesta se impone.
A la tarde damos una vuelta y nos
despedimos de algunos compañeros que se quedan aquí en Burgos. Unos acaban porque su
tiempo acabó, otros porque lo hicieron sus fuerzas. Cada uno nos deja un agujero en el
ánimo. Quizás no volvamos a vernos. Todos han sido buenos compañeros. Le damos nuestras
señas a Miguel, el de Sevilla. Miguel es el padre de la niña a la que en Roncesvalles le
dijeron que no podía seguir. La hija de Miguel, que se llama Salomé, ha llegado a Burgos
entre antiinflamatorios y cojeras. Su padre, con buen criterio, ha decidido saltar en
autobús hasta León y una vez allí, después de descansar, avanzar hasta Santiago en
etapas cortas.
A la noche tomamos unos vinos y cenamos en
una tasca algo de pescado. Dormimos como piedras.
Etapa 11
Etapa 12