Etapa 16

Rua-Santiago de Compostela

16-Julio-2002

(Distancia 20 Kms. // Tiempo empleado 5 horas y 30 minutos)

 

Salimos a nuestra última etapa del camino. Aún no son las 7 cuando dejamos el Hostal O Pino, en Rua. Casi no hay peregrinos en el camino o, si los hay, nosotros no vemos a casi ninguno. El día ha amanecido raso y pronto el sol ilumina y calienta con fuerza. En el cielo, azul purísimo, no se ve una nube. La brisa mueve suavemente los árboles. Casi imposible imaginar una mañana mejor de la que hace.

-         Vaya mañanita para andar, ¿eh? 

Los agradables bosques de eucaliptos por los que el camino discurre, lindan con prados, huertas y campos de heno y de centeno, junto a los cuales hay caseríos y, a veces, hermosos chalets

-         Maruxa, ¿cómo te va?

-         ¡Ay filiña!, estoy aburrida, aquí no hay quien pare.

-         Pero, ¿qué me dices?

-         Mi marido está por vender el chalet, y es que en cuanto llega el buen tiempo no para de pasar gente ni de día ni de noche. Y a la noche es lo peor, que los perros del contorno no paran de ladrar, que hay muchos peregrinos que hacen este trozo de noche y en grupos y van cantando himnos, oraciones, salmos o qué sé yo, y yo ya es que no aguanto más...

-         ¡Ay pobriña!

-         La otra noche a las cuatro de la madrugada mi marido, que no había pegado ojo en toda la noche, ya no pudo más y les dijo a un grupo que por favor dejaran de cantar, que ya estaba bien, que no eran horas. Y, ¿sabes qué contestaron? Pues le dijeron: “Oiga, señor, esto es el Camino de Santiago y, si usted no cree en Dios, que le den por culo.” Bueno mira, Aurita, que ya estamos hartos de aguantar y de disgustos... 

Poco a poco el camino se va animando. Vemos a algunos conocidos, a Pedro y María, a Salvador con sus mujeres, a la enferma Fernanda y a otros que no conocemos. 

Sobre las nueve y media llegamos a Lavacolla, donde entramos a desayunar al Hostal Sampaio. Buen desayuno y precio caro, pero ni el desayuno ni su precio nos llaman tanto la atención como el potentísimo chorro de voz del ama. Además habla y habla sin parar, quiere ser amable, no para de hablar. Atrona y monopoliza el espacio aéreo circundante con su abrumadora superioridad decibélica. Salgo de allí con tal dolor de cabeza que casi me sienta mal el desayuno. ¡Qué pena de voz perdida!, si esa voz hubiese sido educada para el bel canto quizás la Caballé sería hoy una desconocida. 

Subimos al Monte del Gozo y recordamos nuestro paso por allí en el 99. Aglomeraciones entonces y un día de temporal, ahora casi solos y con un día espléndido. El camino de entonces y el de hoy no tienen nada de común excepto el unir los mismos puntos. Sellamos por última vez y tomamos un café en la gran cafetería, casi vacía, del último albergue de peregrinos, el del Monte del Gozo.

Iniciamos el último tramo. A Santiago. 

Vemos de lejos las torres de la catedral y vamos comprendiendo que la cosa, nos pongamos como nos pongamos, se acaba. Los recuerdos de todo el camino vienen, es inevitable en este último tramo, a tocarte el corazón y se agarran un poco a la garganta. A los ojos no les cuesta nada empezar a brillar un poco más de lo habitual. 

Enseguida llegamos a la población. Su travesía se hace un poco aburrida hasta que llegamos a la Puerta del Camino. A partir de aquí las calles están muy concurridas. Entramos por Praterías y al cabo de un momento estamos en la Plaza del Obradoiro. Abrazo y beso. No queremos ni dejamos que la emoción se nos desate, sería demasiado fácil.

-         ¿Necesitan alojamiento?

-         ¡Pero hombre, déjanos respirar!

-         Me llamo Ramón Barreiro y estaré por aquí, tenéis habitación por 24 euros.

-         ¡Anda, hombre, de momento, sácanos una foto! 

Nos vamos a la Oficina del Peregrino. No hay casi nadie, sólo unos chicos delante de nosotros. Cuando llegamos al mostrador un hombre serio de unos treinta y tantos años nos pide que rellenemos un formulario: nombre, sexo, edad, motivos de la peregrinación, lugar de partida.

-         ¿Motivos culturales?

-         Sí, motivos culturales.

-         ¿Ninguna motivación religiosa?

-         No, ninguna.

Nos entrega una especie de Compostela laica en la que se nos felicita por haber llegado y se nos da la bienvenida. Nos sella la credencial: “Cumplieron la peregrinación.”

Mientras estamos en el trámite aparecen Pedro y María y Salvador el de Castellón y sus mujeres. Ven el papel que nos dan.

-         Ahí va, este año las Compostelas son de otra manera.

-         Ah, pues yo la quiero de esas, que la otra ya la tengo, hija.

A la salida de la Oficina del Peregrino, entre risas y despedidas les hacemos una foto. Nos decimos adiós y nos deseamos buena suerte. Quizás algún día volvamos a verles, quizá no.   

María y Pedro.Salvador el de Castellón

 

 

 

 

 

 

 

 

Volvemos a la Plaza del Obradoiro, que está ahora muy concurrida, a buscar a Ramón Barreiro. Ya más relajados nos recreamos mirando la plaza. A la entrada hay un mimo estático vestido de estatua de ángel dorado a quien, con las aglomeraciones y el despiste, alguno le puede apagar un cigarro en un ala. También hay dos egipcios (macho y hembra) que, más previsores, hacen su trabajo estático subidos en sendos pedestales. En el centro de la plaza hay un tuno, bueno un hombre de unos 60 años con boina y capa de la estudiantina, que vende casettes y que por lo menos debe estar en segundo de carrera. También hay un hombre de cara colorada, barba poblada y que anda dando notables zancadas. Viste el atuendo pardo tradicional de peregrino, con capa, sombrero vuelto de ala ancha y concha y sólo consiente fotografías previo pago. Cruzamos a su lado cuando al zancudo peregrino le sobreviene una cadena de fuertes estornudos.

-         ¡Me cago en la hostia!

Nos retiramos sin poder contener la risa y pensando que, al menos, el ángel estático dorado no ha salido blasfemo. Eso sí que sería deslucir la faena. 

Enseguida Ramón Barreiro nos localiza.

-         Nos han ofrecido otras habitaciones pero venimos porque tú has sido el primero, para que veas que somos formales.

Vamos donde Ramón y nos aseamos. Nos da llaves de la casa y nos dice que si subimos a comer al centro nos clavarán. Nos recomienda comer por la Rua de Galeras y más concretamente, si nos gusta, en el restaurante Puñal. Le hacemos caso y comemos en el Puñal, donde comprobamos con agrado que el nombre no se tiene en cuenta a la hora de cobrar. Bueno y barato. 

Después de comer vamos a la estación. Sacamos dos billetes en el TALGO para Madrid, en el que sale a la 1 y 47 del próximo 18 de Julio (unos 36 € cada uno).  

Subimos al centro y pasamos un buen rato descansando y escribiendo en el soportal donde está la terraza del Restaurante Carballeira. 

Cuando damos una vuelta por la zona antigua nos encontramos con Jorge, el vasco-francés. Nos dice que busca a Pedro y María. Le decimos que ya se han ido y el hombre queda desconsolado. También, como nosotros, busca a Paco y a Antonio, pero no les ha visto. Jorge nos dice que se marcha mañana, pero se nota que está nervioso. Busca alguna cara conocida para sentirse aún en el camino. A ninguno nos gusta perdernos en el irremediable anonimato de la llegada. Nos intercambiamos las direcciones. Aún nos vemos un par de veces más por el casco viejo. Pensamos invitarle a un vino si nos tropezamos con él de nuevo, pero ya no le vemos más. 

En el Café Dakar, en la Rua do Franco, puede uno sentarse junto a unas ventanas que dan a la calle y descansar mientras se observa al personal deambular. En el Café Dakar hay casi siempre más camareros que parroquianos. Quizás sean becarios del gremio de la hostelería. 

Al comienzo de la Rua do Franco, desde la catedral, hay un guitarrista disfrazado con una máscara de negro que sostiene un cigarro en la boca. El peregrino Mangurrino pasa indiferente ante él y sigue calle adelante mirando sin disimulo las papeleras y las cajas de devolución de monedas de los teléfonos. Dos policías locales de azul con las manos a la espalda le observan.  

Cuando, ya cansados, damos la última vuelta antes de irnos a cenar, damos con Paco, Antonio y Patrick el bretón en una terraza de la Puerta de Faxeiras. Nos damos la enhorabuena por haber llegado todos. Decidimos irnos a cenar juntos a Prada a Tope. Antes recogemos a la esposa de Patrick que ya ha llegado a Santiago por avión. Durante la cena nos hacemos fotos. Reímos y recordamos cosas del camino con un sentimiento que sólo puede darse entre quienes las han vivido juntos. Todos sabemos de qué hablamos. Nos es tan fácil entendernos...   

Antonio, Paca, Paco, la esposa de Patirck, Salva y Patrick.

Son casi las 12 de la noche cuando nos despedimos, o mejor, cuando no queremos despedirnos. Preferimos dejar flotando la posibilidad de vernos al día siguiente para que la separación no sea un adiós definitivo. Paco y Antonio están muy emocionados, irradian felicidad. Paca y yo también, pero no es lo del primer camino. Para los repetidores ya no es lo mismo. Es medianoche. Nos separamos y, ya del todo, acaba el camino.

 

Postdata.-  

Vimos en Santiago a otros peregrinos conocidos y nos alegramos de que llegaran: 

Jeanne, la estadounidense que tomamos por francesa.

El matrimonio de Irún.

Las alemanas.

El Satanasín colorao.

Las dos vascas.

La enferma Fernanda.

Los del caminar distraído.

El valenciano y el madrileño.

Ala de Paloma sin Calvito.

María Severa y su gente joven.

Aparte del ubicuo y ya citado Peregrino Mangurrino que, seguramente, será el único que aún siga en el camino.

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