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No madrugamos.
A las siete y media estamos desayunando en la cafetería de Arzúa que
tiene una terraza en la plaza, junto al templete de los músicos.
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¿Qué le debo?
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Seis euros y ¡Buen camino!
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¡Buen camino, buen camino, pero que no
paran ustedes de sangrarnos, dichosos euros!
La que se
despide con cajas destempladas es una mujer a la que por dos cafés, dos
copitas minúsculas de zumo y un bollo le sacan limpiamente lo que antes
eran mil pesetas.
La mañana está
clara, soleada, espléndida.
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Buen día tienen ustedes para caminar.
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Sí señor, buen día.
Paca y yo
estamos muy descansados y sabemos que la etapa de hoy es corta, así que
caminamos despacio. Disfrutamos del hermoso camino. Hablamos de lo
acostumbrados que ya estamos a él. No sabemos por qué, pero siempre se
nos olvida lo duro que es y lo mucho que cuesta adaptarse al principio.
Sin embargo, cuando lo acabas es cuando te encuentras mejor de forma. Lástima
que todo tenga que terminar.
Pasan los
prados, los bosques de eucaliptos, los macizos de hortensias que adornan
algunos caseríos, los frecuentes cruces con las carreteras, los hórreos
mejor o peor conservados junto a las casas de labor... El sol resplandece
y le da a este paisaje verde unos contrastes plácidos de luces y sombras.
Los caminos son agradables pues suelen discurrir bajo una capa umbría de
castaños, eucaliptos, pinos y hayas.
Enseguida
llegamos a la carretera y luego al Alto de Santa Irene y después, ya muy
despacito, nos encaminamos a Rúa. Nos alojamos en el Hostal O Pino. Nos
aseamos, hacemos unas llamadas telefónicas y comemos estupendamente en el
restaurante del hostal. Buen sitio.
Después de la
siesta nos acercamos a Arca (que está a un kilómetro) dando un paseo.
Sellamos las
credenciales en el refugio de peregrinos. No encontramos a Antonio ni a
Paco. Deducimos que, como madrugan tanto y andan tan rápido, habrán
avanzado hasta Lavacolla o el Monte del Gozo para entrar mañana en
Santiago a primera hora. Allí esperamos verles.
En cambio,
vemos a María la de Pedro que sale del refugio con Salvador, el de
Castellón, y sus mujeres a comprar para hacerse una cena comunitaria. Nos
cuenta María que esta etapa la ha tenido que hacer en autobús pues
estaba lesionada. Salvador y sus mujeres la han hecho a cámara lenta pues
han acompañado a la enferma Fernanda y a su mochila de 17 kilos cargada
también con los espíritus de sus otras dos amigas enfermas. Tomamos un
refresco con ellos y nos reímos un poco.
Salvador, el
de Castellón, nos cuenta que trabaja en una fábrica de cerámica en la
que le han cambiado los turnos y le están volviendo loco. Para qué
quiere él trabajar por las noches, dormir por el día y librar entre
semana cuando todo el mundo trabaja. A Salvador le sobra razón y no es
extraño que la gente se desquicie con esos planes. Al poco se van a hacer
la cena.
Vemos al
Peregrino Mangurrino, siempre solo, pasar de lejos comiéndose un
bocadillo. Su visera verde le ha delatado.
Hay, al menos,
un gran grupo de gente joven en Arca. Son de esos grupos a los que les
encanta salir de noche y hacer el último trozo del camino cantando a la
luz de las estrellas. No obstante, y para ser la base normal de la última
etapa del camino, el pueblo no está congestionado ni mucho menos.
Paca y yo
desandamos lo andado y nos vamos de nuevo a Rúa. Nos sentamos en la
terraza de O Azivro, que es un pequeño conjunto muy agradable de turismo
rural. Tomamos un vino y disfrutamos de la frescura de la tarde. Cómo
estamos disfrutando esta vez de Galicia. Qué placidez, qué tranquilidad.
Nada que ver con el Año Santo. Cenamos en nuestro hostal y salimos de
nuevo a disfrutar de la frescura de la noche. Son casi las 12 cuando nos
acostamos.
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