Etapa 14

Palas de Rei-Arzua

14-Julio-2002

(Distancia 28 Kms. // Tiempo empleado 7 horas)

 

A las siete de la mañana no hay abierto en Palas de Rei un solo local para desayunar. Paca y yo nos echamos al coleto un buen buche de agua a falta de cosa de más sustancia. 

El camino, a trozos por carretera a trozos por senderos, es agradable, como casi siempre, a primeras horas de la mañana. Sólo al llegar a Leboreiro, casi a las nueve, es cuando encontramos donde desayunar. Hay dos locales. El uno es un bar normal y el otro, que está enfrente, es la Casa Rural Somoza. Como el bar está lleno de caminantes y casi no nos pueden atender ni hay donde sentarse, entramos en la casa rural. Allí sólo está desayunando un matrimonio de peregrinos italianos.

La señora que nos atiende es el colmo de la amabilidad y la llaneza. Nos pone mesa y mantel en el comedor interior (la mañana está aún fría para desayunar en la terraza). Nos sirve café con leche, tostadas recién hechas con mermelada y mantequilla,  nos prepara unos zumos de naranja natural, nos da conversación y nos cobra lo mismo que en cualquier garito del camino. Oye, pues puestos a elegir, nos quedamos con la casa rural.

A la salida del pueblo nos detenemos un momento a contemplar la pequeña iglesia románica. Lo mismo hace el matrimonio italiano. 

María y Pedro han desayunado en el bar y enseguida nos alcanzan. Entre bromas y risas caminamos juntos hasta Melide. Allí nos vamos los cuatro a la pulpería más famosa del pueblo. Despachamos un gran plato de pulpo regado con botella y media de vino tinto y espeso. La dueña, que es la que hace el pulpo y la que dice lo que hay que cobrar a cada uno, nos desea buen camino y que nos veamos otro año. Salimos tan contentos, faltaría más. 

A la salida de Melide nos encontramos con Salvador y sus mujeres que van escoltando a la enferma Fernanda y a su mochila de 17 kilos. Todos ellos tienen intención de quedarse en Ribadixo, así que van tranquilos. Paca y yo, que deseamos llegar a Arzúa, vemos que van demasido lentos, así que nos despedimos y les dejamos atrás. 

Dejamos atrás Boente, donde no entramos a sellar a la iglesia porque están en misa.

Antes de llegar a un puente que cruza sobre una carretera, encontramos, en mitad del camino, una hermosa víbora de Seoane. A Paca, que no puede ni oír mencionar el nombre de cualquier reptil, casi le da un ataque y del brinco que pega por poco se me sube encima de la mochila trepando como un gato. El esquivo animal, también asustado, se retiró a la espesura precipitadamente (aunque más despacio que Paca). Lo difícil que es toparse con una víbora y a Paca (que no puede resistirlas) le salen hasta en lo más limpio. Qué le vamos a hacer, será su sino. 

A la una y veinte entramos a sellar al refugio de  Ribadixo y luego iniciamos la subida a Arzúa. En Ribadixo hay un bar que da bocadillos y comidas unos 300 metros antes del llegar al refugio y luego otro bar junto al río con una playa fluvial donde también se puede comer. Para encontrar este último hay que continuar en dirección a Arzúa y luego desviarse a la izquierda.

En Arzúa es fiesta, San Cristóbal. Los camiones pasean por el pueblo tocando las bocinas. También hacen una procesión, tiran cohetes y la gente endomingada sale a las calles, toma el vermú en los bares y se concentra en la plaza para escuchar a la banda local. 

Nos alojamos en Casa Frade donde también comemos después de asearnos. Siesta y un poco de escritura tranquila. La patrona me obsequia con un café que acepto y con un aguardiente que amablemente rechazo, pues para mí no son horas de darle al orujo. El bar está ahora vacío y sólo un niño de unos 5 ó 6 años en camiseta y calzoncillos me observa, mientras escribo, con su balón bajo el brazo.

-         ¿Es de fútbol o de baloncesto? ¿O no sabes?

-         Sí sé. En el fútbol le puedes dar con el pie, con la cabeza y con más cosas que ahora no me acuerdo y en el baloncesto sólo con la mano. ¿Lo ves? 

A la tarde salimos a dar una vuelta. Al rato nos sentamos en una terraza frente al templete de los músicos. Hoy, por cierto, la banda municipal toca en plan orquesta durante buena parte de la tarde. Lo hacen con tal solemnidad que, aunque a veces tocan pasodobles, todo el mundo escucha y aplaude cuando acaban, pero nadie baila.

-         Salva, ¿nos arrancamos?

-         Paca, ¡ni se te ocurra! 

Al rato aparecen por allí Antonio, Paco y Patrick el bretón. Patrick nos saluda y se va con unas alemanas que están sentadas al otro lado de la terraza. Antonio y Paco se sientan con nosotros y nos dicen que están preocupados por Jorge, el vasco-francés, que está con fiebre y en la cama. Van a verle al albergue de peregrinos y parece que confían en que no sea serio. Jorge dice que de ver al médico nada.

Hablamos un buen rato con Antonio y Paco. Antonio nos cuenta que tiene dos hijas y un nieto y que a su nieto le quiere dedicar su peregrinación a Santiago. Charlamos de un montón de cosas como si fuésemos amigos de toda la vida. Antonio es un peregrino que nos llama la atención. Todos los peregrinos vamos disfrazados con pantalones cortos, ropa deportiva, etc, sin embargo Antonio es el único que en cualquier sitio pasaría por una persona del lugar, pues tanto para andar como para descansar utiliza ropa normal. De hecho es el que mejor vestido va, sin embargo cuando se lo decimos, él contesta:

-         No creáis que no llevo unos pantalones de esos elegantes como los del Salva, pero los llevo para ponérmelos en Santiago y luego en el avión, cuando vuelva a casa, para que me vean mi mujer y mis chicas. ¡Vaya!

Qué cosas. El único que viste normalmente y piensa que los elegantes somos los demás, que vamos hechos unos disfraces.

La conversación se hace muy amena y se nos hacen más de las 10 sin darnos cuenta. Paco y Antonio se van a cenar, Paca y yo a los cinco minutos. 

A la patrona de Casa Frade le sabe mal servirnos la cena a las diez y veinte minutos. Le decimos que en España hasta las 11 es normal cenar. Sin embargo, ella, acostumbrada a los peregrinos extranjeros y a sus costumbres tempranas, se ha olvidado de que para ella no somos sino clientes y no puede, aunque ya le gustaría, mandarnos a dormir a la hora de las gallinas. No le pasa a ella sólo, es un defecto muy extendido entre la hostelería del camino.

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