Etapa 13

Portomarín-Palas de Rei

13-Julio-2002

(Distancia 25 Kms. // Tiempo empleado 5 horas y 15 minutos)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Salimos de Portomarín a las siete y veinte tras desayunar totalmente solos en el bar de la fonda. A la salida somos muchos peregrinos. Casi nada más salir de Portomarín, en el primer repechón del camino, Antonio, Paco y Patrick el bretón nos adelantan. Van los tres muy contentos y a muy buen paso. Nos saludan con una alegría contagiosa. Parecen tres chavales, da gloria verles. 

El camino es muy agradable hasta Gonzar y el día está soleado. Allí tomamos otro café y continuamos, ya por asfalto, en compañía de Pedro y María. Nos reímos mucho con ellos y les comentamos que en el camino casi todo el mundo tiene un mote y que todos terminan sabiendo el mote de los demás excepto el suyo propio.  Por ellos sabemos que a nosotros nos llaman “la parejita”. Bueno, no está mal. María y Pedro se quedan tomando algo en el refugio de Ligonde.  

Paca y yo avanzamos a muy buen paso y sobre las 12 estamos muy cerca de Palas. Nos llama la atención una pareja de japoneses maduros a los que no habíamos visto hasta ahora. El hombre va bien pero la mujer va muy despacio y camina con dificultad apoyada en dos bastones. Cuando llegamos a su altura la mujer se ha sentado y se ha quitado las botas. Tiene los pies con ampollas y algunas uñas negras. Al pasar por delante de ellos todos les miramos y saludamos amablemente pero pensamos que no hablan español.

-         ¡Menudos pies! La única solución es amputar.

-         The only one problem es que no salen otros nuevos.

Vaya con la señora japonesa, lo entiende todo. 

Un cuarto de hora más tarde estamos sellando en Palas, lo hacemos en la iglesia por la que pasa el camino. Nos piden que escribamos nuestros nombres y lugares de procedencia, así como el punto de inicio de nuestra peregrinación. Nos alojamos en una habitación del Bar Plaza. Comemos en el restaurante Villares, donde también lo hacen el peregrino Centollo y otro, cuya mujer le sigue en coche. Mientras comemos, comentamos que seguimos encontrando el camino muy mejorado en Galicia y con más servicios, aunque a la etapa de hoy le sobra asfalto.  

Después de la siesta nos vamos a escribir un poco al bar Villares, enseguida llegan cinco chicas y un chico que son peregrinos y se sientan a otra mesa. También vemos al peregrino Ala de Paloma, ya solo desde ayer. ¿Qué habrá sido de su compañero perenne el peregrino Calvito? 

Nos sentamos un rato en una terraza protegida por una carpa. La terraza está en una plaza muy cerca del albergue, frente a la pulpería y al bar Plaza. Permanecemos un rato observando el deambular de los paseantes, el juego de los niños y el ensimismamiento de muchos peregrinos que por allá descansan. Una peregrina inglesa muy mayor, con modales de auténtica lady y que no habla una palabra de español, quiere saber la genuina composición de la empanada gallega que sirven en la terraza. El amable camarero pone todo su esfuerzo en explicárselo.

-         ...Red pepper, green pepper, onion, tomato sauce, tuna fish or Spanish saussage...¡Me cago en la leche!, ¿cómo se dirá en inglés masa de hojaldre?

Cuando cae la tarde y nos encaminamos hacia la pulpería en plan de degustación, vemos a nuestros amigos los veteranos. Son Antonio, el sevillano de 67 años que vive en Palma, Paco,  de 65 años que viene desde Suiza tras 79 días de camino y más de 2200 Kms., y Jorge, que es vasco-francés, viene desde Le Puy (unos 1500 Kms.) y tiene una barbita recortada que le enmarca toda la cara. Inmediatamente nos acercamos a saludarles y, tras un poco de conversación en la calle, todos juntos nos metemos en la pulpería. 

Dentro encontramos a María y a Pedro, el joven matrimonio con quien hemos hablado y reído más de una vez en el camino. La idea era tomar un vino, pero la cosa se complica para bien. El ambiente es tan familiar como si todos fuésemos amigos o casi familiares que se han reencontrado. Antonio, el sevillano de 67, está radiante. Nos cuenta, con la misma ilusión de un niño, cómo viajó a Pamplona, cómo le perdieron la mochila en el aeropuerto, cómo la recuperó después de un día de espera, cómo tuvo que subir en taxi a Roncesvalles y cómo salió al día siguiente con la mezcla de incertidumbre y alegría del peregrino primerizo. Antonio se destrozó los pies al recorrer en los dos primeros días lo que debiera de haber hecho en tres. Fue de Roncesvalles a Puente La Reina (unos 70 Kms con varios puertos) en dos días. Tuvo que verle el médico.

-         Amigo, usted con esos pies no puede seguir.

-         ¡Vaya!, no me diga eso, por favor.

-         Y, ¿qué quiere que le diga?

-         No me diga nada. Mi cabeza está bien y si me dice que me vaya a casa, destroza usted la ilusión de mi vida. Cúreme, pero no me diga nada. Seré yo solo el que me vaya si me veo incapaz.  

Antonio, el peregrino que vestía de paisano.

Y  Antonio no se paró y se cortó las botas (¡Vaya cuadro!) y siguió. Un muchacho vasco le regaló unas sandalias y le dijo que tirase las botas. Así llegó hasta León donde se encontró con Paco, el español que viene andando desde Suiza. Paco es un experto y se las arregla para convencer a Antonio (el gato escaldado del agua fría huye) de que tiene que se comprase calzado adecuado. Le acompaña a comprarlo y desde allí ya siguen juntos el camino. 

Paco y Antonio recuerdan con especial emotividad la etapa de la subida a O Cebreiro. Salieron temprano, aún de noche, pero se pasaron de la variante por Pradela (la de la subida empinada) que querían tomar. Cuando se volvían se encontraron con nosotros que salíamos en ese momento. Nos preguntaron que por donde se subía a Pradela, les indicamos. También les dijimos que la subida era dura y que luego tenían que volver a bajar a la carretera, pero a ellos no les importó.

A Paco y Antonio les encantó la variante de Pradela, el recorrido por una fuerte pendiente inicial, la ascensión sobre los valles brumosos, la lluvia fina y todo el mundo envuelto en niebla bajo sus pies. Con ellos, nadie.

-         ¡Mira Antonio, qué altura, qué belleza, qué soledad!

-     ¡Vaya! Ya lo creo, Paco. Y todo nuestro. 

Con la amabilidad propia de los buenos amigos todos invitamos a todos y nos despedimos para ir a cenar. Antonio, Paco y Jorge se fueron por su lado. María, Pedro, Paca y yo fuimos al Villares a tomar un plato caliente. Pasamos un buen rato y Pedro y María nos invitaron a cenar. Quedamos Paca y yo un poco abrumados por su amabilidad, pero aceptamos su invitación de muy buen temple. A las 11 a dormir.

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