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Salimos de
Portomarín a las siete y veinte tras desayunar totalmente solos en el bar
de la fonda. A la salida somos muchos peregrinos. Casi nada más salir de
Portomarín, en el primer repechón del camino, Antonio, Paco y Patrick el
bretón nos adelantan. Van los tres muy contentos y a muy buen paso. Nos
saludan con una alegría contagiosa. Parecen tres chavales, da gloria
verles.
El camino es
muy agradable hasta Gonzar y el día está soleado. Allí tomamos otro café
y continuamos, ya por asfalto, en compañía de Pedro y María. Nos reímos
mucho con ellos y les comentamos que en el camino casi todo el mundo tiene
un mote y que todos terminan sabiendo el mote de los demás excepto el
suyo propio. Por ellos
sabemos que a nosotros nos llaman “la parejita”. Bueno, no está mal.
María y Pedro se quedan tomando algo en el refugio de Ligonde.
Paca y yo
avanzamos a muy buen paso y sobre las 12 estamos muy cerca de Palas. Nos
llama la atención una pareja de japoneses maduros a los que no habíamos
visto hasta ahora. El hombre va bien pero la mujer va muy despacio y
camina con dificultad apoyada en dos bastones. Cuando llegamos a su altura
la mujer se ha sentado y se ha quitado las botas. Tiene los pies con
ampollas y algunas uñas negras. Al pasar por delante de ellos todos les
miramos y saludamos amablemente pero pensamos que no hablan español.
-
¡Menudos pies! La única solución es
amputar.
-
The only one problem es que no salen
otros nuevos.
Vaya con la señora
japonesa, lo entiende todo.
Un cuarto de
hora más tarde estamos sellando en Palas, lo hacemos en la iglesia por la
que pasa el camino. Nos piden que escribamos nuestros nombres y lugares de
procedencia, así como el punto de inicio de nuestra peregrinación. Nos
alojamos en una habitación del Bar Plaza. Comemos en el restaurante
Villares, donde también lo hacen el peregrino Centollo y otro, cuya mujer
le sigue en coche. Mientras comemos, comentamos que seguimos encontrando
el camino muy mejorado en Galicia y con más servicios, aunque a la etapa
de hoy le sobra asfalto.
Después de la
siesta nos vamos a escribir un poco al bar Villares, enseguida llegan
cinco chicas y un chico que son peregrinos y se sientan a otra mesa. También
vemos al peregrino Ala de Paloma, ya solo desde ayer. ¿Qué habrá sido
de su compañero perenne el peregrino Calvito?
Nos sentamos
un rato en una terraza protegida por una carpa. La terraza está en una
plaza muy cerca del albergue, frente a la pulpería y al bar Plaza.
Permanecemos un rato observando el deambular de los paseantes, el juego de
los niños y el ensimismamiento de muchos peregrinos que por allá
descansan. Una peregrina inglesa muy mayor, con modales de auténtica lady
y que no habla una palabra de español, quiere saber la genuina composición
de la empanada gallega que sirven en la terraza. El amable camarero pone
todo su esfuerzo en explicárselo.
-
...Red pepper, green pepper, onion,
tomato sauce, tuna fish or Spanish saussage...¡Me cago en la leche!, ¿cómo
se dirá en inglés masa de hojaldre?
Cuando cae la
tarde y nos encaminamos hacia la pulpería en plan de degustación, vemos
a nuestros amigos los veteranos. Son Antonio, el sevillano de 67 años que
vive en Palma, Paco, de 65 años
que viene desde Suiza tras 79 días de camino y más de 2200 Kms., y
Jorge, que es vasco-francés, viene desde Le Puy (unos 1500 Kms.) y tiene
una barbita recortada que le enmarca toda la cara. Inmediatamente nos
acercamos a saludarles y, tras un poco de conversación en la calle, todos
juntos nos metemos en la pulpería.
Dentro
encontramos a María y a Pedro, el joven matrimonio con quien hemos
hablado y reído más de una vez en el camino. La idea era tomar un vino,
pero la cosa se complica para bien. El ambiente es tan familiar como si
todos fuésemos amigos o casi familiares que se han reencontrado. Antonio,
el sevillano de 67, está radiante. Nos cuenta, con la misma ilusión de
un niño, cómo viajó a Pamplona, cómo le perdieron la mochila en el
aeropuerto, cómo la recuperó después de un día de espera, cómo tuvo
que subir en taxi a Roncesvalles y cómo salió al día siguiente con la
mezcla de incertidumbre y alegría del peregrino primerizo. Antonio se
destrozó los pies al recorrer en los dos primeros días lo que debiera de
haber hecho en tres. Fue de Roncesvalles a Puente La Reina (unos 70 Kms
con varios puertos) en dos días. Tuvo que verle el médico.
-
Amigo, usted con esos pies no puede
seguir.
-
¡Vaya!, no me diga eso, por favor.
-
Y, ¿qué quiere que le diga?
-
No me diga nada. Mi cabeza está bien y
si me dice que me vaya a casa, destroza usted la ilusión de mi vida.
Cúreme, pero no me diga nada. Seré yo solo el que me vaya si me
veo incapaz.
Y
Antonio no se paró y se cortó las botas (¡Vaya cuadro!) y siguió.
Un muchacho vasco le regaló unas sandalias y le dijo que tirase las
botas. Así llegó hasta León donde se encontró con Paco, el español
que viene andando desde Suiza. Paco es un experto y se las arregla para
convencer a Antonio (el gato escaldado del agua fría huye) de que tiene
que se comprase calzado adecuado. Le acompaña a comprarlo y desde allí
ya siguen juntos el camino.
Paco y Antonio
recuerdan con especial emotividad la etapa de la subida a O Cebreiro.
Salieron temprano, aún de noche, pero se pasaron de la variante por
Pradela (la de la subida empinada) que querían tomar. Cuando se volvían
se encontraron con nosotros que salíamos en ese momento. Nos preguntaron
que por donde se subía a Pradela, les indicamos. También les dijimos que
la subida era dura y que luego tenían que volver a bajar a la carretera,
pero a ellos no les importó.
A Paco y
Antonio les encantó la variante de Pradela, el recorrido por una fuerte
pendiente inicial, la ascensión sobre los valles brumosos, la lluvia fina
y todo el mundo envuelto en niebla bajo sus pies. Con ellos, nadie.
-
¡Mira Antonio, qué altura, qué
belleza, qué soledad!
-
¡Vaya!
Ya lo creo, Paco. Y todo nuestro.
Con la
amabilidad propia de los buenos amigos todos invitamos a todos y nos
despedimos para ir a cenar. Antonio, Paco y Jorge se fueron por su lado.
María, Pedro, Paca y yo fuimos al Villares a tomar un plato caliente.
Pasamos un buen rato y Pedro y María nos invitaron a cenar. Quedamos Paca
y yo un poco abrumados por su amabilidad, pero aceptamos su invitación de
muy buen temple. A las 11 a dormir.
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