Desayunamos en el Hostal Londres. Las chicas que lo
atienden nos despiden muy amablemente. A las siete y quince ya estamos
camino de Barbadelo. No se ven muchos peregrinos. Adelantamos a una
peregrina que camina fatigosamente con una gran mochila. Tiene el pelo
rubio y muy corto, parece extranjera, pero no lo es.
En cuanto cruzamos la vía del tren los parajes
ganan en belleza y comienza una ascensión por el bosque. Alguien ha
perdido una capa de agua, la dejamos sobre una gran piedra por si la
buscan. Pronto llegamos a Barbadelo. Empieza a llover. Hay una pareja bajo
un árbol.
-
¿Habéis visto una capa de agua de color verde?
Visitamos la iglesia de Barbadelo. El albergue está
cerrado y hay varios carteles anunciando servicios en algunos caseríos próximos
(desayunos, compra de víveres... “todo para el peregrino”, reza
otro.) Pasamos por la Casa Nova de Rente sin detenernos (hoy parece vacía,
pero hace tres años no nos dieron ni agua.) Paramos a echar un trago en
la fuente que hay un kilómetro después. La fuente está junto a un
estanque del que se avisa que tiene 3 metros de profundidad.
Llegamos a la carretera y, tras cruzarla, vemos que hay un bar. Alguien nos hace señas
desde dentro. Son Pedro y María (un matrimonio joven que inició el
camino en Ponferrada) que están desayunando. Paca y yo tomamos un café.
Cuando continuamos, nos damos cuenta de que el
camino está bastante arreglado, mucho mejor que en el Año Santo, y de
que este trayecto ofrece más limpieza y algunos servicios nuevos. Bien
esta vez por la Xunta, que no va a ser siempre meterse con Don Manuel. A
cada uno lo suyo.
En Ferreiros pasamos a saludar al del bar de
arriba, el que nos dejó una tienda para dormir en
el 99 y de paso tomamos algo.
-
¿Nos pone un vino y un plato de queso?
-
Piden queso, pues queso. Pero hay una empanada que está
reciente... Yo la tomaría, pero si quieren queso, yo les doy queso...
-
Bueno, pues empanada.
El mesonero de Ferreiros nos dice que le mandaron
quitar las tiendas, aunque él deja acampar a quien se lo pide. También
dice que tiene unas cuantas literas, pero que no le dejan alquilarlas.
-
Hombre, pero si nos hiciera falta nos alquilaría dos, ¿no?
-
Siendo gente de confianza...
Cuando salimos de Ferreiros comienza a llover
continua y mansamente. Al pasar por el bar de abajo hay un hombre en la
puerta.
-
Está el día fresquiño y bueno para andar, ¿eh?
-
Pues, sí señor, sí.
En este trayecto sólo vemos a la peregrina Noelyn,
una mujer rubia que va sola y a la que siempre pillamos comiendo.
-
¡Bon
apetite!
-
Thank you.
Well, I mean ... ¡Gruacias!
A la una menos cuarto ha escampado y llegamos a
Portomarín después de cruzar el largo puente sobre el pantano. Vamos al
Mesón Rodríguez, que es donde hemos reservado. Nos llevan a un
hotel bastante nuevo y nos dan una habitación abuhardillada.
Comemos en la Fonda. Bien y barato. Durante la
comida vemos a Salvador el de Castellón con sus mujeres (camina con su
esposa y su cuñada). Nos saludamos. En ese momento entra la peregrina que
por la mañana adelantamos y tomamos por extranjera. Es la rubia del pelo
cortísimo. Se sienta a una mesa y comienza a hacer llamada telefónicas
desde su móvil como una posesa. Las llamadas se suceden una tras otra. El
comedor termina en silencio y la única voz que se oye es la suya que, nítidamente
y sin el menor pudor, nos pone a todos al tanto de sus confidencias. Es la
enferma Fernanda, tiene esclerosis, viaja con una mochila de 17 kilos y,
según ella, lleva en su mochila (no se sabe de qué modo) a sus dos
amigas enfermas de cáncer. Fernanda apenas prueba la comida, pero bebe
mucha agua y toma un montón de pastillas. Dice que aguantará y pide a
alguno de sus interlocutores que le llame a las siete de la tarde para
despertarle de la siesta.
Cuando salimos de la Fonda y estamos cruzando
frente a la bonita iglesia para ir al hotel, nos encontramos con dos
conocidos: Paco, que nos dice que viene de Suiza,
y Antonio, un
sevillano que vive en Palma y viene de Roncesvalles. Son los peregrinos
que subieron al Cebreiro por Pradela. Charlamos un poco y les decimos que
somos de Guadalajara.
-
¿No seréis vosotros Paca y Salva que tenéis una página
del camino en Internet?
-
Pues sí.
- ¡Vaya!
Antonio nos dice que antes de salir se leyó
nuestra página. ¡Qué casualidad venirnos a conocer en Portomarín!. Nos
presenta a Patrick, el bretón. Quedamos en vernos y charlar los próximos
días.
Tras la siesta damos una vuelta por el pueblo y
descubrimos La Pousada, en cuya terraza tomamos un vino. Es un lugar muy
agradable. Vemos a Pedro y María comprando cosas para cenar. Paca y yo
cenamos en la Fonda. Muy bien, por cierto. En una mesa hay una pareja de
italianos. Coincidimos allí con algunos peregrinos que hacen tertulia en
una mesa grande. Son conocidos de los días anteriores. Nos entretenemos
en escuchar lo que dicen antes de irnos a dormir. Hay dos mujeres vascas,
un valenciano, otro al que le acompaña su mujer en coche, un madrileño...
-
Yo he perdido seis kilos.
-
Pues yo sólo tres.
-
¡Joder!, pues, yo, todos los kilos que perdéis, me los voy
encontrando.
-
Así que vosotras sois de la costa del Cantábrico, de donde
el centollo.
-
No hombre, lo que se hace allí es empotar el atún, que
viene a ser como por otros sitios las matanzas...
-
A mí lo que me mata es la mochila.
-
Que vas matao de cansancio y va y te adelanta una extranjera
más vieja que tu abuela con una mochila más grande que la tuya y, nada,
que la tía va como si nada...
- Pues yo, chica,
lo que llevo mal es la sed. Fíjate con la que habré llegado que hasta me
he bebido una cerveza sin gaseosa.