Etapa 11

Triacastela-Sarria

11-Julio-2002

(Distancia 19 Kms. // Tiempo empleado 4 horas y 15 minutos)

 

 

 

Afortunadamente la fiebre que tenía ayer noche ha desaparecido y puedo continuar el camino. A las 7,15 dejamos Triacastela. Hemos desayunado en el Xacobeo, que está abierto desde las 6. Están desayunando el grupo de peregrinos que coordina María Severa. 

Desde Triacastela elegimos el itinerario de San Xil. No tomamos el de Samos por ser casi todo paralelo a la carretera. Gozamos de nuevo con la lenta ascensión entre frescos prados escalonados a lo largo del hermoso valle. Los mirlos y los ruiseñores no se cansan de cantar. A diferencia de ayer, el día ha amanecido claro y soleado. Si el día acompaña, como es el caso, esta etapa puede convertirse en una de las más bellas del camino. Cuando terminamos de subir por el valle y llegamos a San Xil, que está en el alto, el sol nos da de lleno. Abandonamos definitivamente la umbría del valle. Allá en el alto oímos el canto rítmico de la codorniz, como un vibrante pito de agua. Detrás de nuestros talones quedan abajo los vallejos desbordándose de niebla. 

En un paseo lento y entretenido bajamos hasta Furela, donde paramos a tomar un café. Nos sirven el café por una ventanilla, casi como las de las taquillas de los viejos cines de pueblo. Es el quiosco de Furela donde, además de bebidas, venden bocadillos y sellan credenciales. Toman algo con nosotros Pedro y María, peregrinos desde Ponferrada,  y un hombre solitario, callado y serio, que parece un peregrino infiltrado de la Guardia Civil.  

Encontramos el camino bastante mejorado también en el sector de la etapa de hoy. No en cuanto a señalización, sí en cuanto a servicios. Nos vamos acercando a Sarriá por los caminos paralelos a la carretera, algo monótonos si se comparan con los que hemos recorrido en la primera parte de la etapa. 

Al llegar a nuestro alojamiento de hoy, el hostal Londres, tomamos un zumo de naranja mientras terminan de preparar la habitación. Después de asearnos damos una vuelta y llegamos hasta el albergue de peregrinos. Vemos al peregrino español de las exageraciones, el que viaja con dos mujeres. También vemos al Satanasín Colorado y a su amigo (los de la Venta Celta en O Cebreiro). 

Subimos hasta lo alto del pueblo, casi hasta salir de él. Allí damos la vuelta y al bajar, casi a la altura de la Prisión Preventiva, nos topamos con el Peregrino Mangurrino. El Peregrino Mangurrino viene hoy contento, canturrea y fuma lentamente mientras sube. Además esta vez a los numerosos complementos de su mugrienta mochila les ha añadido un hermoso botillo que brilla retesado sobre ella. Parece que no se queda en Sarriá. 

Bajamos a comer hasta el hotel Alfonso IX, después de que una señora (a la que preguntamos, la culpa fue nuestra) se empeñase en que comiésemos en el mesón de su amiga Mercedes. Cuando, siguiendo a la buena señora, llegamos al mesón, resultó que su amiga Mercedes lo había vendido hacía tres meses. 

Así que, como digo, comimos en el Alfonso IX y en plan fino. Consecuencias, casi 60 euros la comida. Antes de marcharnos del hotel paso al servicio de este elegante establecimiento y, para mi sorpresa, me encuentro dentro a un peregrino. El peregrino está haciendo la colada tranquilamente, aprovechando que en el servicio del hotel hay jabón, gel y agua caliente. Además para más comodidad se ha quitado las botas y la camiseta, así que allí está el tío descalzo y en plan Tarzan haciendo su limpieza.

-         ¡Buen Camino!

-         No me digas que tú también lo haces.

-         Pues sí.

-         ¡Qué también lo tengas tú!

Para que luego digan que los peregrinos no usamos los servicios hoteleros. 

Después de la siesta, salimos a dar una vuelta por el pueblo e irremediablemente acabamos junto al río, en el paseo al que llaman El Espolón. Nos sentamos en la terraza de la cafetería Santiago. Pedimos una de gambas al ajillo y dos riojas. Estamos sentados junto a la ventanilla del bar que da a la terraza, por donde los camareros recogen lo que sirven. Las gambas tardan veinte minutos en venir y cuando llegan son algo minúsculo, duro y salado. Nos callamos y comemos, por algo hicimos propósitos de no regañar con nadie en este viaje. Sin embargo, no podemos evitar oír al jefe de la cafetería Santiago (que debe pensar que el gallego es una lengua ininteligible) apremiar a la camarera para que cobre lo que él diga.

-         ¿Qué te pidió?

-         Me pidió un calimocho y le dije que no había, pero entonces él me pidió un vino normal con hielo y una cocacola.

-         Pues le cobras cuatro euros, dos consumiciones.

-         Oiga, yo no puedo pedirle eso.

-         ¡Carajo!, qué te crees que cobran por una consumición en una terraza de Santiago o de Ourense

El jefe de la cafetería Santiago, desde su ventanilla de servir, parece un francotirador de Sarajevo dispuesto a abatir clientes. Pronto nos llega nuestro turno.

-         Son diez euros. 

La terraza de la Bodega O Pobo que está al lado no tiene nada que ver. Un buen vino blanco con un pincho de tortilla caliente vale en ella 0,75 euros. Honrados trabajadores. Para consolarnos nos vamos a cenar al hotel Alfonso IX, donde por 11,75 euros tomamos el menú del día. Luego a dormir.

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