Afortunadamente
la fiebre que tenía ayer noche ha desaparecido y puedo continuar el
camino. A las 7,15 dejamos Triacastela. Hemos desayunado en el Xacobeo,
que está abierto desde las 6. Están desayunando el grupo de peregrinos
que coordina María Severa.
Desde
Triacastela elegimos el itinerario de San Xil. No tomamos el de Samos por
ser casi todo paralelo a la carretera. Gozamos de nuevo con la lenta
ascensión entre frescos prados escalonados a lo largo del hermoso valle.
Los mirlos y los ruiseñores no se cansan de cantar. A diferencia de ayer,
el día ha amanecido claro y soleado. Si el día acompaña, como es el
caso, esta etapa puede convertirse en una de las más bellas del camino.
Cuando terminamos de subir por el valle y llegamos a San Xil, que está en
el alto, el sol nos da de lleno. Abandonamos definitivamente la umbría
del valle. Allá en el alto oímos el canto rítmico de la codorniz, como
un vibrante pito de agua. Detrás de nuestros talones quedan abajo los
vallejos desbordándose de niebla.
En un paseo
lento y entretenido bajamos hasta Furela, donde paramos a tomar un café.
Nos sirven el café por una ventanilla, casi como las de las taquillas de
los viejos cines de pueblo. Es el quiosco de Furela donde, además de
bebidas, venden bocadillos y sellan credenciales. Toman algo con nosotros
Pedro y María, peregrinos desde Ponferrada,
y un hombre solitario, callado y serio, que parece un peregrino
infiltrado de la Guardia Civil.
Encontramos el
camino bastante mejorado también en el sector de la etapa de hoy. No en
cuanto a señalización, sí en cuanto a servicios. Nos vamos acercando a
Sarriá por los caminos paralelos a la carretera, algo monótonos si se
comparan con los que hemos recorrido en la primera parte de la etapa.
Al llegar a
nuestro alojamiento de hoy, el hostal Londres, tomamos un zumo de naranja
mientras terminan de preparar la habitación. Después de asearnos damos
una vuelta y llegamos hasta el albergue de peregrinos. Vemos al peregrino
español de las exageraciones, el que viaja con dos mujeres. También
vemos al Satanasín Colorado y a su amigo (los de la Venta Celta en O
Cebreiro).
Subimos hasta
lo alto del pueblo, casi hasta salir de él. Allí damos la vuelta y al
bajar, casi a la altura de la Prisión Preventiva, nos topamos con el
Peregrino Mangurrino. El Peregrino Mangurrino viene hoy contento,
canturrea y fuma lentamente mientras sube. Además esta vez a los
numerosos complementos de su mugrienta mochila les ha añadido un hermoso
botillo que brilla retesado sobre ella. Parece que no se queda en Sarriá.
Bajamos a
comer hasta el hotel Alfonso IX, después de que una señora (a la que
preguntamos, la culpa fue nuestra) se empeñase en que comiésemos en el
mesón de su amiga Mercedes. Cuando, siguiendo a la buena señora,
llegamos al mesón, resultó que su amiga Mercedes lo había vendido hacía
tres meses.
Así que, como
digo, comimos en el Alfonso IX y en plan fino. Consecuencias, casi 60
euros la comida. Antes de marcharnos del hotel paso al servicio de este
elegante establecimiento y, para mi sorpresa, me encuentro dentro a un
peregrino. El peregrino está haciendo la colada tranquilamente,
aprovechando que en el servicio del hotel hay jabón, gel y agua caliente.
Además para más comodidad se ha quitado las botas y la camiseta, así
que allí está el tío descalzo y en plan Tarzan haciendo su limpieza.
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¡Buen Camino!
-
No me digas que tú también lo haces.
-
Pues sí.
-
¡Qué también lo tengas tú!
Para que luego
digan que los peregrinos no usamos los servicios hoteleros.
Después de la
siesta, salimos a dar una vuelta por el pueblo e irremediablemente
acabamos junto al río, en el paseo al que llaman El Espolón. Nos
sentamos en la terraza de la cafetería Santiago. Pedimos una de gambas al
ajillo y dos riojas. Estamos sentados junto a la ventanilla del bar que da
a la terraza, por donde los camareros recogen lo que sirven. Las gambas
tardan veinte minutos en venir y cuando llegan son algo minúsculo, duro y
salado. Nos callamos y comemos, por algo hicimos propósitos de no regañar
con nadie en este viaje. Sin embargo, no podemos evitar oír al jefe de la
cafetería Santiago (que debe pensar que el gallego es una lengua
ininteligible) apremiar a la camarera para que cobre lo que él diga.
-
¿Qué te pidió?
-
Me pidió un calimocho y le dije que no
había, pero entonces él me pidió un vino normal con hielo y una
cocacola.
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Pues le cobras cuatro euros, dos
consumiciones.
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Oiga, yo no puedo pedirle eso.
-
¡Carajo!, qué te crees que cobran por
una consumición en una terraza de Santiago o de Ourense
El jefe de la
cafetería Santiago, desde su ventanilla de servir, parece un
francotirador de Sarajevo dispuesto a abatir clientes. Pronto nos llega
nuestro turno.
-
Son diez euros.
La terraza de
la Bodega O Pobo que está al lado no tiene nada que ver. Un buen vino
blanco con un pincho de tortilla caliente vale en ella 0,75 euros.
Honrados trabajadores. Para consolarnos nos vamos a cenar al hotel Alfonso
IX, donde por 11,75 euros tomamos el menú del día. Luego a dormir.