Etapa 9

Villafranca del Bierzo-O Cebreiro

9-Julio-2002

(Distancia 30 Kms. // Tiempo empleado 7 horas)

 

Como le tenemos un poco de respeto a la etapa, hoy nos levantamos un poco antes de lo habitual. Son las seis y quince de la mañana cuando salimos de Villafranca. Lo primero que nos sorprende es ver venir dos peregrinos en dirección contraría.

-         ¿Qué ocurre? ¿Han cambiado el camino por alguna obra en la carretera?

-          No, es que queremos tomar la variante de Pradela y la hemos dejado atrás.

Son dos peregrinos de más de 60 años. Uno es delgado y alto, el otro, más bajo, tiene el pelo blanco. Les decimos que la subida es dura y que, de todos modos, tendrán que volver a bajar a la carretera. No les importa. Bueno, ellos sabrán por qué quieren hacer la etapa por Pradela en un día gris y lluvioso como hoy. 

Al cabo de un rato llegamos a Pereje por la antigua carretera nacional que ahora ha quedado como una vía de servicio. Hasta aquí hemos llegado solos, pero ahora nos alcanza un grupo de peregrinos.

La autovía, después de tantos años de obras, aún no se ha terminado. A efectos del camino, la cosa está casi como hace tres años. ¿Por qué tanta lentitud en terminar la principal vía de comunicación de Galicia con el resto del país?. Mala sensación que las obras duren tanto.

Llegando a Trabadelo se nos cruza una ardilla. Son las ocho de la mañana. Desayunamos frente al hotel Ruta Nova, en un bar con un nombre raro, al otro lado de la carretera. Transmiten por la tele el encierro de los Sanfermines. Hasta que no termina el encierro allí no se mueve nadie, ni para pedir ni para servir. 

Llegamos a la Portela y luego a Ambasmestas donde abandonamos definitivamente la carretera. Entramos en el primer bar de Vega de Valcarce a tomar un café. Hay dos peregrinos sesentones. Son alemanes, uno moreno y otro de tez colorada, y no paran de beber botes de Cocacola. También hay tres españoles maduros, un hombre y dos mujeres. Los españoles piden bocadillos de tortilla y de jamón y también zumos envasados para llevar. El hombre, ante las mujeres y ante quienes podemos oírle, alardea de ser caminante curtido y veterano. Paca y yo tomamos café y le decimos a la señora que nos atiende que pasamos por allí el primero de agosto del 99 y escribimos en un libro. Ella nos muestra los libros y, efectivamente, aparece lo que escribimos. El hombre y las dos mujeres se meten en la conversación. Dice él, que se ha hecho tres veces el camino, que una vez lo hizo entero desde Roncesvalles, que lo hizo en bici, y asegura que tardó seis días.

-         ¡Oh, qué buena media!

La señora del bar dice que se acuerda de Paca, pero no de mí.

-         Quizás sea porque yo, entonces, estaba más gordo.

-          Pues ésta y yo tenemos un hijo que ha perdido cuarenta kilos y se ha quedado de puta madre.

La señora del bar me pregunta si he perdido peso en el camino. Yo le digo que no, que creo que en el camino no se suele engordar, pero tampoco adelgazar.

-         ¿Cómo que no? En el camino se adelgaza y mucho. ¡Seis kilos, perdí yo una vez!

Antes de que mi compatriota siga puntualizando cada cosa que digo, pago, nos despedimos amablemente y continuamos el camino.

Cuando vamos por las Herrerías me dan ganas de ir al servicio con cierta urgencia (“Me dio al vientre”, que dirían en el pueblo de Paca). Entramos en un bar que está vacío y en penumbra. Enseguida aparece el ama muy amable:

-         ¡Ay, filiños, no me digan que entraron para ver la herrería!

-          Pues, la verdad,...

-          ¡Niña, niña, abre la herrería para que la vean estos señores!

-          No, es que yo...

-          Pero si no es ninguna molestia, ¡ya verán ustedes qué cosa más antigua! Está todita como la dejó mi padre hace treinta años. Bueno, excepto el fuelle que lo restauramos.

Al cabo de unos segundos Paca me echa un cable y entretiene a la señora. Yo me lanzo como un desesperado en busca de un retrete. Cuatro o cinco segundos más en encontrarlo y habría sido fatal. ¡Uf, ...qué descanso!

Son las once y media. A la salida de las Herrerías el día ya está muy frío y desapacible, además se ha puesto a llover. Un hombre sentado bajo un porche nos ve pasar.

-         Fresquiño el día, pero bueno para caminar.

-          ¿No nos nevará, verdad?

-          ¡No, hombre, eso no! 

Enseguida empiezan las rampas. Unos ocho kilómetros de cuesta más o menos dura, pero continua, hasta alcanzar O Cebreiro. El ritmo de los caminantes se va ralentizando a medida que las cuestas se empinan y se alargan. Una chica joven, Paca y yo nos distanciamos un poco del grupo y ya hacemos la subida juntos. Hace frío y eso hace que nos pongamos en O Cebreiro a la una y cuarto con muy buen paso.

Sellamos en la iglesia, nos alojamos en el Mesón Antón. Una vez aseados, comemos en la Hospedería de San Giraldo. La comida es buena y abundante. Allí vemos a otros peregrinos: un brasileño que comenzó muy fuerte desde León, pero que ya utiliza los coches y los taxis descaradamente; un peregrino cuya mujer le espera al final de cada etapa y a los dos peregrinos sesentones, el flaco y el del pelo blanco, que esta mañana subieron por Pradela. 

Después de comer nos vamos a la Venta Celta, donde hay bastante gente. Nos acercamos a la barra. Irene Alkorta nos mira de refilón y sigue a lo suyo. No pasan ni dos segundos antes de que nos identifique.

-         ¡Ahí va, pero si sois Paca y Salva!

Irene nos da un par de besos y nos invita a un chupito.

-         Irene, tienes que poner la Venta Celta en la guía. Por no tener tu teléfono no dormiremos esta noche en tu casa,

Charlamos un rato con Irene. Siente de verdad que no la hayamos podido telefonear. Irene deja todo por hablar con nosotros y nos hace sentirnos como si estuviéramos en nuestra casa. ¡Vaya mujer cariñosa, esta Irene! Nos hemos visto tres o cuatro veces y nos trata como de la familia.

Volvemos a nuestra habitación del Mesón Antón. Paca se echa la siesta. Yo cojo cuaderno y boli y me vuelvo a la Venta Celta a escribir un rato. Cuando entro el local está vacío y sólo una señora pela patatas junto a la puerta. Me pregunta si quiero tomar algo, pero lo que quiero es sólo tranquilidad y confianza. El local ya me lo da.

Al cabo de un rato comienza a venir gente. Enseguida aparece Irene con el pelo recogido, un bonito jersey rojo y el aspecto tranquilo y resuelto de quien domina la situación.

-         ¡Hola, Salva!

-          Ya sabes: Paca a la siesta, yo a escribir.

En la Venta Celta se come prácticamente a cualquier hora. Ciclistas, gente del refugio, excursionistas, gente del pueblo, turistas de paso, pero principalmente peregrinos, mantienen casi siempre animado el local. Los embutidos de la zona, la empanada, el pote gallego, las tortillas de patata hechas con huevos de las gallinas del pueblo, las ensaladas, el estupendo bacalao que Irene sabe hacer, el cálido tinto mencía de la casa, pero, sobre todo, la amabilidad, la familiaridad y el buen trato, hacen de la Venta Celta el local (a mi juicio) con más ambiente de O Cebreiro. ¡Aupa, Irene! 

En O Cebreiro la tarde está lluviosa, como lo estuvo la mañana. Así que muchos peregrinos andamos refugiados por los bares. En la Venta Celta están los dos alemanes que esta mañana tomaban Cocacolas a destajo en Vega de Valcarce. Ahora beben, junto a otros peregrinos, copas de coñá, perdón de brandy. Parece que el producto es internacionalmente aceptado por unanimidad, pues los peregrinos que contrastan una y otra vez su calidad son mayormente extranjeros o, mejor dicho, de nuestra multinacional Europa. Recalan también en la Venta Celta las dos guapas alemanas a quien el día anterior una berciana les vaticinó el perdón de sus pecados. Las dos mujeres se ven amablemente asediadas por peregrinos donjuanes que, con 20 ó 30 años más que ellas, les agasajan con cuantas atenciones, carantoñas y gracias se les ocurren. La inspiración de los licores es fuente inagotable de galanterías para los peregrinos y éstos las prodigan sin recato en las lenguas más divulgadas de nuestra comunidad europea. 

Voy al Mesón Antón a buscar a Paca. Damos una vuelta por O Cebreiro y descubrimos que a la Hospedería de San Giraldo ha llegado una peregrina holandesa uncida por la cintura a un carrito. El ingenio se apoya en el suelo mediante una sola rueda y sobre él lleva la holandesa su mochila y su equipaje.

-          I have weak shoulders and back, but strong legs.

Curioso el carrito de la holandesa. Un invento muy creativo, sí señor. ¿Servirá sólo para viajar por carretera? ¿Qué tal agarre tendrá en las bajadas? ¿Llevará ABS? ¿Tendrá que pasar la ITV?

Pagamos la habitación del Mesón Antón por la tarde. El patrón nos invita a lacón y a vino. El hombre no es de natural simpático, pero pone todo su empeño en ser agradable con nosotros. Se agradece. 

Cenamos en la Venta Celta: unos buenos trozos de empanada, una ensalada mixta y una jugosa tortilla de patata casi del tamaño de la rueda del carrito de la holandesa. No falta la botella de mencía de la casa. Imposible acabar con la tortilla. De ninguna manera. Tampoco nos cabe el postre. No damos más de sí. Nos despedimos cariñosamente de Irene y le agradecemos tan buena cena. Por cierto, muy barato. 

Cuando nos vamos, los peregrinos del brandy siguen allí. Ríen sin parar. Algunos, con los pelos alborotados, parecen satanases coloraditos. Las dos alemanas y sus caballerescos peregrinos también siguen en sus puestos. Cómo se lo pasan estos compatriotas europeos en la perdida aldea de O Cebreiro a las tantas de la noche. Mientras tanto,  las ciudades de sus países de origen están desiertas a las ocho de la tarde. Tendrá que ser así.

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