Como le
tenemos un poco de respeto a la etapa, hoy nos levantamos un poco antes de
lo habitual. Son las seis y quince de la mañana cuando salimos de
Villafranca. Lo primero que nos sorprende es ver venir dos peregrinos en
dirección contraría.
-
¿Qué ocurre? ¿Han cambiado el camino
por alguna obra en la carretera?
-
No, es que queremos tomar la variante de
Pradela y la hemos dejado atrás.
Son dos
peregrinos de más de 60 años. Uno es delgado y alto, el otro, más bajo,
tiene el pelo blanco. Les decimos que la subida es dura y que, de todos
modos, tendrán que volver a bajar a la carretera. No les importa. Bueno,
ellos sabrán por qué quieren hacer la etapa por Pradela en un día gris
y lluvioso como hoy.
Al cabo de un
rato llegamos a Pereje por la antigua carretera nacional que ahora ha
quedado como una vía de servicio. Hasta aquí hemos llegado solos, pero
ahora nos alcanza un grupo de peregrinos.
La autovía,
después de tantos años de obras, aún no se ha terminado. A efectos del
camino, la cosa está casi como hace tres años. ¿Por qué tanta lentitud
en terminar la principal vía de comunicación de Galicia con el resto del
país?. Mala sensación que las obras duren tanto.
Llegando a
Trabadelo se nos cruza una ardilla. Son las ocho de la mañana.
Desayunamos frente al hotel Ruta Nova, en un bar con un nombre raro, al
otro lado de la carretera. Transmiten por la tele el encierro de los
Sanfermines. Hasta que no termina el encierro allí no se mueve nadie, ni
para pedir ni para servir.
Llegamos a la
Portela y luego a Ambasmestas donde abandonamos definitivamente la
carretera. Entramos en el primer bar de Vega de Valcarce a tomar un café.
Hay dos peregrinos sesentones. Son alemanes, uno moreno y otro de tez
colorada, y no paran de beber botes de Cocacola. También hay tres españoles
maduros, un hombre y dos mujeres. Los españoles piden bocadillos de
tortilla y de jamón y también zumos envasados para llevar. El hombre,
ante las mujeres y ante quienes podemos oírle, alardea de ser caminante
curtido y veterano. Paca y yo tomamos café y le decimos a la señora que
nos atiende que pasamos por allí el primero de agosto del 99 y escribimos
en un libro. Ella nos muestra los libros y, efectivamente, aparece lo que
escribimos. El hombre y las dos mujeres se meten en la conversación. Dice
él, que se ha hecho tres veces el camino, que una vez lo hizo entero
desde Roncesvalles, que lo hizo en bici, y asegura que tardó seis días.
-
¡Oh, qué buena media!
La señora del
bar dice que se acuerda de Paca, pero no de mí.
-
Quizás sea porque yo, entonces, estaba
más gordo.
-
Pues ésta y yo tenemos un hijo que ha
perdido cuarenta kilos y se ha quedado de puta madre.
La señora del
bar me pregunta si he perdido peso en el camino. Yo le digo que no, que
creo que en el camino no se suele engordar, pero tampoco adelgazar.
-
¿Cómo que no? En el camino se adelgaza
y mucho. ¡Seis kilos, perdí yo una vez!
Antes de que
mi compatriota siga puntualizando cada cosa que digo, pago, nos despedimos
amablemente y continuamos el camino.
Cuando vamos
por las Herrerías me dan ganas de ir al servicio con cierta urgencia
(“Me dio al vientre”, que dirían en el pueblo de Paca). Entramos en
un bar que está vacío y en penumbra. Enseguida aparece el ama muy
amable:
-
¡Ay, filiños, no me digan que entraron
para ver la herrería!
-
Pues, la verdad,...
-
¡Niña, niña, abre la herrería para
que la vean estos señores!
-
No, es que yo...
-
Pero si no es ninguna molestia, ¡ya verán
ustedes qué cosa más antigua! Está todita como la dejó mi padre hace
treinta años. Bueno, excepto el fuelle que lo restauramos.
Al cabo de
unos segundos Paca me echa un cable y entretiene a la señora. Yo me lanzo
como un desesperado en busca de un retrete. Cuatro o cinco segundos más
en encontrarlo y habría sido fatal. ¡Uf, ...qué descanso!
Son las once y
media. A la salida de las Herrerías el día ya está muy frío y
desapacible, además se ha puesto a llover. Un hombre sentado bajo un
porche nos ve pasar.
-
Fresquiño el día, pero bueno para
caminar.
-
¿No nos nevará, verdad?
-
¡No, hombre, eso no!
Enseguida
empiezan las rampas. Unos ocho kilómetros de cuesta más o menos dura,
pero continua, hasta alcanzar O Cebreiro. El ritmo de los caminantes se va
ralentizando a medida que las cuestas se empinan y se alargan. Una chica
joven, Paca y yo nos distanciamos un poco del grupo y ya hacemos la subida
juntos. Hace frío y eso hace que nos pongamos en O Cebreiro a la una y
cuarto con muy buen paso.
Sellamos en la
iglesia, nos alojamos en el Mesón Antón. Una vez aseados, comemos en la
Hospedería de San Giraldo. La comida es buena y abundante. Allí vemos a
otros peregrinos: un brasileño que comenzó muy fuerte desde León, pero
que ya utiliza los coches y los taxis descaradamente; un peregrino cuya
mujer le espera al final de cada etapa y a los dos peregrinos sesentones,
el flaco y el del pelo blanco, que esta mañana subieron por Pradela.
Después de
comer nos vamos a la Venta Celta, donde hay bastante gente. Nos acercamos
a la barra. Irene Alkorta nos mira de refilón y sigue a lo suyo. No pasan
ni dos segundos antes de que nos identifique.
-
¡Ahí va, pero si sois Paca y Salva!
Irene nos da
un par de besos y nos invita a un chupito.
-
Irene, tienes que poner la Venta Celta
en la guía. Por no tener tu teléfono no dormiremos esta noche en tu
casa,
Charlamos un
rato con Irene. Siente de verdad que no la hayamos podido telefonear.
Irene deja todo por hablar con nosotros y nos hace sentirnos como si
estuviéramos en nuestra casa. ¡Vaya mujer cariñosa, esta Irene! Nos
hemos visto tres o cuatro veces y nos trata como de la familia.
Volvemos a
nuestra habitación del Mesón Antón. Paca se echa la siesta. Yo cojo
cuaderno y boli y me vuelvo a la Venta Celta a escribir un rato. Cuando
entro el local está vacío y sólo una señora pela patatas junto a la
puerta. Me pregunta si quiero tomar algo, pero lo que quiero es sólo
tranquilidad y confianza. El local ya me lo da.
Al cabo de un
rato comienza a venir gente. Enseguida aparece Irene con el pelo recogido,
un bonito jersey rojo y el aspecto tranquilo y resuelto de quien domina la
situación.
-
¡Hola, Salva!
-
Ya sabes: Paca a la siesta, yo a
escribir.
En la Venta
Celta se come prácticamente a cualquier hora. Ciclistas, gente del
refugio, excursionistas, gente del pueblo, turistas de paso, pero
principalmente peregrinos, mantienen casi siempre animado el local. Los
embutidos de la zona, la empanada, el pote gallego, las tortillas de
patata hechas con huevos de las gallinas del pueblo, las ensaladas, el
estupendo bacalao que Irene sabe hacer, el cálido tinto mencía de la
casa, pero, sobre todo, la amabilidad, la familiaridad y el buen trato,
hacen de la Venta Celta el local (a mi juicio) con más ambiente de O
Cebreiro. ¡Aupa, Irene!
En O Cebreiro
la tarde está lluviosa, como lo estuvo la mañana. Así que muchos
peregrinos andamos refugiados por los bares. En la Venta Celta están los
dos alemanes que esta mañana tomaban Cocacolas a destajo en Vega de
Valcarce. Ahora beben, junto a otros peregrinos, copas de coñá, perdón
de brandy. Parece que el producto es internacionalmente aceptado por
unanimidad, pues los peregrinos que contrastan una y otra vez su calidad
son mayormente extranjeros o, mejor dicho, de nuestra multinacional
Europa. Recalan también en la Venta Celta las dos guapas alemanas a quien
el día anterior una berciana les vaticinó el perdón de sus pecados. Las
dos mujeres se ven amablemente asediadas por peregrinos donjuanes que, con
20 ó 30 años más que ellas, les agasajan con cuantas atenciones,
carantoñas y gracias se les ocurren. La inspiración de los licores es
fuente inagotable de galanterías para los peregrinos y éstos las
prodigan sin recato en las lenguas más divulgadas de nuestra comunidad
europea.
Voy al Mesón
Antón a buscar a Paca. Damos una vuelta por O Cebreiro y descubrimos que
a la Hospedería de San Giraldo ha llegado una peregrina holandesa uncida
por la cintura a un carrito. El ingenio se apoya en el suelo mediante una
sola rueda y sobre él lleva la holandesa su mochila y su equipaje.
-
I have weak shoulders and back, but strong legs.
Curioso el
carrito de la holandesa. Un invento muy creativo, sí señor. ¿Servirá sólo
para viajar por carretera? ¿Qué tal agarre tendrá en las bajadas? ¿Llevará
ABS? ¿Tendrá que pasar la ITV?
Pagamos la
habitación del Mesón Antón por la tarde. El patrón nos invita a lacón
y a vino. El hombre no es de natural simpático, pero pone todo su empeño
en ser agradable con nosotros. Se agradece.
Cenamos en la
Venta Celta: unos buenos trozos de empanada, una ensalada mixta y una
jugosa tortilla de patata casi del tamaño de la rueda del carrito de la
holandesa. No falta la botella de mencía de la casa. Imposible acabar con
la tortilla. De ninguna manera. Tampoco nos cabe el postre. No damos más
de sí. Nos despedimos cariñosamente de Irene y le agradecemos tan buena
cena. Por cierto, muy barato.
Cuando nos
vamos, los peregrinos del brandy siguen allí. Ríen sin parar. Algunos,
con los pelos alborotados, parecen satanases coloraditos. Las dos alemanas
y sus caballerescos peregrinos también siguen en sus puestos. Cómo se lo
pasan estos compatriotas europeos en la perdida aldea de O Cebreiro a las
tantas de la noche. Mientras tanto, las
ciudades de sus países de origen están desiertas a las ocho de la tarde.
Tendrá que ser así.