En la etapa de ayer cogimos miedo al calor de última
hora. Hoy nos levantamos antes de las 6. Un cuarto de hora después
estamos saliendo de Molinaseca. El acceso a Ponferrada se ha mejorado.
Ahora se entra a la ciudad siguiendo una acera rojiza paralela a la
carretera. Cuando se llega a la antigua desviación, un letrero en el
suelo advierte: “Sigue”, “Es más corto”, “Sigue”. (Al señalizador
sólo le ha faltado poner: “Yo ya, ¿ si no entendéis esto...?”)
Siguiendo por
el nuevo acceso se llega al albergue, luego al castillo de los templarios,
después al centro. Continuamos luego con la aburrida y larga salida de la
ciudad: la parte moderna, los montones de escoria, ENDESA, Compostilla y
el túnel bajo la carretera. Antes de dejar Ponferrada desayunamos en un
bar de la parte moderna. La señora del bar es muy atenta.
-
¡Buen Camino! ¡Vaya día bueno para
andar que van a tener ustedes! ¿No se quejarán, eh?
Al atravesar
Columbrianos aparecen bastantes peregrinos, deben haber estado desayunando
en el pueblo. Vamos muy juntos y parecemos un grupo de gente que hubiese
bajado de un autocar. Preponderan las mujeres, que van en grupos de cuatro
y de dos. Cuando estamos atravesando Fuentes Nuevas, dos peregrinas nórdicas
rubias y muy guapas van delante de nosotros. Dos mujeres mayores del
pueblo vienen de paseo en dirección contraria y no quitan ojo a las nórdicas.
Les miran con pena.
-
¡Ay, pobriñas! ¡Cómo llegaréis a
Santiago! ¡Por putiñas que hayáis sido el Señor os tendrá que
perdonar!
Las nórdicas,
que no han entendido nada, les dicen adiós muy complacidas y sonrientes.
Paca y yo, atónitos, contenemos la risa hasta que las dos autóctonas se
cruzan con nosotros y las dejamos atrás.
En Camponaraya
tomamos un café y descansamos un poco. Hablamos con dos peregrinas que
han comenzado hoy. Están un poco asustadas. Les animamos.
Cuando
llegamos a Cacabelos vemos un grupo de 10 ó 12 que caminan sin mochila o
con una mochila diminuta. Llevan una furgoneta de apoyo con matrícula de
Barcelona. Los peregrinos que cargan con su mochila les ignoran y algunos
muestran su mal humor al verles. Saben que gente como ésta puede dejarles
sin cama en los refugios.
Tomamos otro
café en Cacabelos y pasamos frente al nuevo albergue de peregrinos con 70
camas en celdas de dos. Se abre a las doce y media y sólo hay una
peregrina esperando.
Carretera
arriba, seguimos hacia Villafranca del Bierzo bajo un sol de justicia. Una
peregrina sube delante de nosotros por la cuneta. La mujer lleva mucha
carga y va muy despacio. Cuando la rebasamos vemos que según anda va
leyendo un libro. ¡Y luego que en España no se lee, y eso con la
chicharrina que hace!
Cuando
llegamos al camino que, saliendo a la derecha de la carretera, conduce a
Villafranca, vemos como un grupo de peregrinos viene en dirección
contraria. Se lo han pasado y se quejan de la señalización. Le cuento a
Paca cómo en este camino encontré el año pasado a Reed Cooper, el amigo
peregrino estadounidense, y la charla que tuvimos.
Hacemos este
tramo acompañando a un chico que salió de Burgos y que se encuentra
lesionado a causa de las fuertes pendientes de ayer (descenso de la Cruz
del Ferro). Le recomendamos los servicios del Jato, uno de los
hospitaleros y masajista de Villafranca, pero el chico no nos hace mucho
caso. Al llegar a Villafranca se queda en el albergue municipal.
Paca y yo
entramos a la iglesia de Santiago a sellar y porque esta iglesia nos gusta
mucho. Nos parece un punto importante del camino. Nos alojamos y comemos
en el hostal Casa Méndez.
Terminada la
indispensable siesta, hacemos unas cuantas llamadas telefónicas para
reservar habitaciones en los pueblos de Galicia por donde pasaremos los próximos
días. Recordamos el 99 y nos da miedo no encontrar alojamiento en ninguna
parte. Pero este año no hay ningún problema, encontramos en todas partes
y a la primera.
Salimos por el
pueblo a tomar unos vinos esperando encontrar peregrinos. Vemos a muy
pocos. En el Jacobeo había más gente, más jarana, más alegría y más
anécdotas. Echo de menos el bullicio de entonces y me parece que la crónica
me está saliendo muy aburrida.
Tomamos un
vino sentados en una terraza que hay delante de la farmacia del Doctor
Cela. Cuando termino el vino, decido tomar otro. En lugar de esperar y pedírselo
a la muchacha que atiende la terraza, me adentro totalmente despistado en
la farmacia. Según entro en ella voy pensando “qué buena idea el
mantener una vieja farmacia y utilizarla como bar”, pero de repente el
farmacéutico de bata blanca me pregunta:
-
¿Qué desea usted?
Caigo de golpe
en mi error y, avergonzado, apenas musito:
-
Perdone usted, me he confundido.
Cuando salgo
de la farmacia, con la copa de vino vacía en la mano y cara de jilipollas,
la concurrencia de la terraza, que no había perdido ripio, se troncha de
risa. A partir de ahora seré conocido como el peregrino bolinga, pienso
para mí.
Cenamos, no
muy bien, en el mesón Los Ancares. Nos sentamos de nuevo en una terraza
de la plaza a tomar el fresco y, ante la falta de ambiente, a dormir. Son
las once.