Etapa 8

Molinaseca-Villafranca del Bierzo

8-Julio-2002

(Distancia 30 Kms. // Tiempo empleado 7 horas)

 

En la etapa de ayer cogimos miedo al calor de última hora. Hoy nos levantamos antes de las 6. Un cuarto de hora después estamos saliendo de Molinaseca. El acceso a Ponferrada se ha mejorado. Ahora se entra a la ciudad siguiendo una acera rojiza paralela a la carretera. Cuando se llega a la antigua desviación, un letrero en el suelo advierte: “Sigue”, “Es más corto”, “Sigue”. (Al señalizador sólo le ha faltado poner: “Yo ya, ¿ si no entendéis esto...?”) 

Siguiendo por el nuevo acceso se llega al albergue, luego al castillo de los templarios, después al centro. Continuamos luego con la aburrida y larga salida de la ciudad: la parte moderna, los montones de escoria, ENDESA, Compostilla y el túnel bajo la carretera. Antes de dejar Ponferrada desayunamos en un bar de la parte moderna. La señora del bar es muy atenta.

-         ¡Buen Camino! ¡Vaya día bueno para andar que van a tener ustedes! ¿No se quejarán, eh? 

Al atravesar Columbrianos aparecen bastantes peregrinos, deben haber estado desayunando en el pueblo. Vamos muy juntos y parecemos un grupo de gente que hubiese bajado de un autocar. Preponderan las mujeres, que van en grupos de cuatro y de dos. Cuando estamos atravesando Fuentes Nuevas, dos peregrinas nórdicas rubias y muy guapas van delante de nosotros. Dos mujeres mayores del pueblo vienen de paseo en dirección contraria y no quitan ojo a las nórdicas. Les miran con pena.

-         ¡Ay, pobriñas! ¡Cómo llegaréis a Santiago! ¡Por putiñas que hayáis sido el Señor os tendrá que perdonar!

Las nórdicas, que no han entendido nada, les dicen adiós muy complacidas y sonrientes. Paca y yo, atónitos, contenemos la risa hasta que las dos autóctonas se cruzan con nosotros y las dejamos atrás. 

En Camponaraya tomamos un café y descansamos un poco. Hablamos con dos peregrinas que han comenzado hoy. Están un poco asustadas. Les animamos. 

Cuando llegamos a Cacabelos vemos un grupo de 10 ó 12 que caminan sin mochila o con una mochila diminuta. Llevan una furgoneta de apoyo con matrícula de Barcelona. Los peregrinos que cargan con su mochila les ignoran y algunos muestran su mal humor al verles. Saben que gente como ésta puede dejarles sin cama en los refugios.

Tomamos otro café en Cacabelos y pasamos frente al nuevo albergue de peregrinos con 70 camas en celdas de dos. Se abre a las doce y media y sólo hay una peregrina esperando. 

Carretera arriba, seguimos hacia Villafranca del Bierzo bajo un sol de justicia. Una peregrina sube delante de nosotros por la cuneta. La mujer lleva mucha carga y va muy despacio. Cuando la rebasamos vemos que según anda va leyendo un libro. ¡Y luego que en España no se lee, y eso con la chicharrina que hace! 

Cuando llegamos al camino que, saliendo a la derecha de la carretera, conduce a Villafranca, vemos como un grupo de peregrinos viene en dirección contraria. Se lo han pasado y se quejan de la señalización. Le cuento a Paca cómo en este camino encontré el año pasado a Reed Cooper, el amigo peregrino estadounidense, y la charla que tuvimos.

Hacemos este tramo acompañando a un chico que salió de Burgos y que se encuentra lesionado a causa de las fuertes pendientes de ayer (descenso de la Cruz del Ferro). Le recomendamos los servicios del Jato, uno de los hospitaleros y masajista de Villafranca, pero el chico no nos hace mucho caso. Al llegar a Villafranca se queda en el albergue municipal.  

Paca y yo entramos a la iglesia de Santiago a sellar y porque esta iglesia nos gusta mucho. Nos parece un punto importante del camino. Nos alojamos y comemos en el hostal Casa Méndez. 

Terminada la indispensable siesta, hacemos unas cuantas llamadas telefónicas para reservar habitaciones en los pueblos de Galicia por donde pasaremos los próximos días. Recordamos el 99 y nos da miedo no encontrar alojamiento en ninguna parte. Pero este año no hay ningún problema, encontramos en todas partes y a la primera. 

Salimos por el pueblo a tomar unos vinos esperando encontrar peregrinos. Vemos a muy pocos. En el Jacobeo había más gente, más jarana, más alegría y más anécdotas. Echo de menos el bullicio de entonces y me parece que la crónica me está saliendo muy aburrida. 

Tomamos un vino sentados en una terraza que hay delante de la farmacia del Doctor Cela. Cuando termino el vino, decido tomar otro. En lugar de esperar y pedírselo a la muchacha que atiende la terraza, me adentro totalmente despistado en la farmacia. Según entro en ella voy pensando “qué buena idea el mantener una vieja farmacia y utilizarla como bar”, pero de repente el farmacéutico de bata blanca me pregunta:

-         ¿Qué desea usted?

Caigo de golpe en mi error y, avergonzado, apenas musito:

-         Perdone usted, me he confundido.

Cuando salgo de la farmacia, con la copa de vino vacía en la mano y cara de jilipollas, la concurrencia de la terraza, que no había perdido ripio, se troncha de risa. A partir de ahora seré conocido como el peregrino bolinga, pienso para mí. 

Cenamos, no muy bien, en el mesón Los Ancares. Nos sentamos de nuevo en una terraza de la plaza a tomar el fresco y, ante la falta de ambiente, a dormir. Son las once.

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