|
Son las siete
de la mañana cuando estamos desayunando en el bar del hostal El Refugio.
Hemos dormido muy bien. En Rabanal, el único sonido que puede oírse por
la noche es el del reloj de la torre dando la hora.
La
mañana está fresca, pero el día va a ser cálido. Iniciamos la subida
hacia la Cruz del Ferro. Alcanzamos a Antoine, el vejete francés de los
bastones que vimos el día anterior. Mas que caminar, lo de este hombre es
una lucha para dar cada paso. Parece que su meta es llegar hoy a Riego de
Ambrós. ¿Volveremos a verle?
Paca y yo
vamos comentando cómo se necesitan 5 ó 6 días para que el cuerpo se
adapte a las largas etapas del camino y esto aunque se haya entrenado.
Tomadas en conjunto la mayoría de las etapas son una paliza, aunque
tomadas por partes todas tienen ratos muy agradables. Ahora por ejemplo,
subimos lentamente y disfrutamos de la frescura de la mañana, del
contraste de luces y sombras que produce el sol según se eleva, de los
colores y olores de las distintas plantas silvestres
en floración, del canto del ruiseñor y del de la codorniz y del
cacareo de alguna perdiz lejana, cuyo sonido cascado rebota en las peñas
de los barrancos.
Nos parece que
el camino está mejor señalizado que en el 99. Atravesamos por mitad de
Foncebadón. El pueblo, que prácticamente estaba deshabitado, parece que
se está recuperando. Hay un hotel medieval, muchas casas arregladas y
también la iglesia. A la salida del pueblo y junto a las ruinas de una
ermita pastan una docena de vacas pardas y gordas, entre ellas una yegua
negra y su potrillo color canela retozan.
El camino de
tierra nos lleva, apenas cruzando una vez el asfalto, hasta la misma Cruz
del Ferro. No hay mucha gente para ser domingo. Paca y yo, un poco
emocionados, dejamos allí nuestras dos piedras de pedernal traídas desde
Guadalajara. Quedan también allí nuestros mejores deseos para quienes
los necesitan. Hay una mujer de Irún, la de Xavier, que está llorando.
Casi nos contagiamos.
Comenzamos el
descenso entre silencios y recuerdos. Le digo a Paca que para mí es tan
importante el paso por la Cruz del Ferro como la llegada a Santiago. Paca
dice que, sobre todo, porque en la Cruz del Ferro sigues y en Santiago
acabas. ¡Qué lista es esta Paca!
Según
avanzamos nos rebasa un Land Rover verde que al poco se para. Bajan dos
hombres, uno viejo que habla a voces y gesticula mucho y otro de unos
cuarenta años.
-
Mira aquellos valles de abajo y los
prados que tienen. Son de lo bueno bueno.
-
Buenos parecen y me gustan,
-
Pues entonces, sólo queda ajustar.
-
Antes hay que ver las trochas para
llegar a ellos.
Montan de
nuevo en el coche y se van allá, a donde señalaban, a buscar las
trochas. Ellos sabrán cómo, porque no se ve carretera ni camino.
Baja ya algún
coche de apoyo, llevando mochilas de caminantes. Bajan también ciclistas
con mucha precaución.
Llegamos al
refugio de Manjarín y oímos el tañido de la campanilla en cuanto Tomás,
el jefe del refugio, nos descubre. Creo que junto al de Arroyo San Bol es
el refugio más cutre del camino. No obstante es casi una tradición el
parar aquí. Aceptamos el café con leche y galletas y el agua
(embotellada) que el alberguero ofrece sin pedir nada a cambio. Tomás nos
cuenta que tres o cuatro días por delante llevamos una oleada de 150
peregrinos de un colegio salesiano, pero que el camino en estos momentos
está tranquilo y nada saturado. Nos cuenta también que no aguanta a los
franceses, que les gusta dormir la siesta (protestando si alguien les
molesta) y luego salir a las cuatro de la mañana sin respetar el descanso
de nadie. A nosotros nos parece que no es un problema de los franceses,
sino que la inconsciencia y el egoísmo tienen que ver con las personas más
que con los países. El jefe de Manjarín opina también que todo el
desmadre que suele tener el camino en Galicia es culpa de la Iglesia por
poner los últimos 100 Kms. a pie para ganar la Compostela.
-
¡Que lo pongan desde León, que hay
300, verás que pronto se arregla!
Continuamos
nuestro camino y llegamos a El Acebo (después de bajar la peligrosa y
empinada cuesta que hay a su entrada). El pueblo está muy cuidado, tiene
albergue, tiene hostal y dan comidas.
Mientras tomamos un zumo hablamos con el abuelo de los del bar, que
también es el hostal. Es un hombre amable y simpático que, después de
hacernos el padrón, se queda con muchas ganas de que nos quedemos allí.
-
Sobre todo, no me explico como hay gente
capaz de quedarse en esa pocilga de Manjarín.
En El Acebo
vemos a las dos jóvenes alemanas y al chico que las acompaña. Se ve que
el vendedor de baratijas no pudo retenerles.
Unos kilómetros
más abajo está Riego de Ambrós. Tiene alberque de peregrinos, cuadra
para caballos y bares. Cuando lo cruzamos unos niños que juegan al balón
en la calle interrumpen su juego y vienen hacia nosotros.
-
¿De qué nación sois?
-
De España.
-
¡Jo, qué mala suerte!
-
¡Pues sí, ricos, muy mala suerte! ¡De
España, ni siquiera de Portugal! (Les dice Paca muy digna)
Los chicos ya
no nos prestan ninguna atención visto lo vulgar de nuestra procedencia.
Le propongo a Paca que, si nos vuelva a ocurrir, digamos que somos chinos
y a ver qué pasa.
Salimos de
Riego por un estrecho pasadizo de vegetación que da a un bosque con
algunos árboles centenarios. Después llegamos a la zona que se quemó
hace tres años. Luego, después de una bajada, al fondo de un barranco y en un recodo del camino hay un hombre sentado junto a un árbol
lleno de estampas. Intenta el hombre que nos paremos, pero no lo hacemos.
Le decimos adiós pero no nos entretenemos, hace mucho calor y estamos
deseando llegar a Molinaseca.
El camino es
bastante escarpado. Pues bien, antes de llegar a la carretera, que casi te
deja ya en Molinaseca, nos adelanta un ciclista por este durísimo camino.
¿Cómo no se matará?. A continuación del ciclista aparecen 3 motos de
4x4, eso sí, haciendo el macarra. Pero ni siquiera estas motos pueden
pasar por los estrechos tramos que la bici supera. Contra gustos no hay
disputas.
Un placer
entrar en Molinaseca por el viejo puente, atravesar el pueblo y alojarse
en la Posada de Muriel. Comemos muy bien en el Mesón Real, también
conocido como el de Rodrigo.
Siesta
obligada. A eso de las siete de la tarde vamos a dar una vuelta por el
pueblo. Vamos a sentarnos a una terraza que hay junto al puente. Allí hay
una piscina fluvial. Hace mucho calor. Es uno de los pocos días que
estamos pasando calor en el camino. Vemos algunos peregrinos conocidos:
Ala de Paloma y Calvito, los alemanes, los de los coches de apoyo...Todos
andamos junto al río buscando el fresco.
Hacia las ocho
de la tarde el pueblo se llena de coches. Nos dicen que es casi una
tradición que las tardes de los domingos (y no las de ningún otro día)
la gente de Ponferrada y alrededores se vaya de vinos a Molinaseca.
También
nosotros nos vamos de tascas y disfrutamos de los vinos del país con su
pinchito (0,35 € el chato). En una de las tascas encontramos al
Peregrino Mangurrino. El hombre se está comiendo un plato de patatas
fritas en pelotón con pimientos verdes y un par de huevos. Da gusto
verle, y cómo se concentra
en rebañar con el pan y con qué esmero lo va empujando todo gaznate
abajo con vasitos de vino tinto.
Cenamos un
plato donde comimos y a las diez y media en la cama. Estamos cansados.
Etapa 7 Etapa 8 |