Etapa 7

Rabanal del Camino-Molinaseca

7-Julio-2002

(Distancia 25 Kms. // Tiempo empleado 6 horas)

 

 

 

Son las siete de la mañana cuando estamos desayunando en el bar del hostal El Refugio. Hemos dormido muy bien. En Rabanal, el único sonido que puede oírse por la noche es el del reloj de la torre dando la hora. 

La mañana está fresca, pero el día va a ser cálido. Iniciamos la subida hacia la Cruz del Ferro. Alcanzamos a Antoine, el vejete francés de los bastones que vimos el día anterior. Mas que caminar, lo de este hombre es una lucha para dar cada paso. Parece que su meta es llegar hoy a Riego de Ambrós. ¿Volveremos a verle? 

Paca y yo vamos comentando cómo se necesitan 5 ó 6 días para que el cuerpo se adapte a las largas etapas del camino y esto aunque se haya entrenado. Tomadas en conjunto la mayoría de las etapas son una paliza, aunque tomadas por partes todas tienen ratos muy agradables. Ahora por ejemplo, subimos lentamente y disfrutamos de la frescura de la mañana, del contraste de luces y sombras que produce el sol según se eleva, de los colores y olores de las distintas plantas silvestres  en floración, del canto del ruiseñor y del de la codorniz y del cacareo de alguna perdiz lejana, cuyo sonido cascado rebota en las peñas de los barrancos. 

Nos parece que el camino está mejor señalizado que en el 99. Atravesamos por mitad de Foncebadón. El pueblo, que prácticamente estaba deshabitado, parece que se está recuperando. Hay un hotel medieval, muchas casas arregladas y también la iglesia. A la salida del pueblo y junto a las ruinas de una ermita pastan una docena de vacas pardas y gordas, entre ellas una yegua negra y su potrillo color canela retozan. 

El camino de tierra nos lleva, apenas cruzando una vez el asfalto, hasta la misma Cruz del Ferro. No hay mucha gente para ser domingo. Paca y yo, un poco emocionados, dejamos allí nuestras dos piedras de pedernal traídas desde Guadalajara. Quedan también allí nuestros mejores deseos para quienes los necesitan. Hay una mujer de Irún, la de Xavier, que está llorando. Casi nos contagiamos. 

Comenzamos el descenso entre silencios y recuerdos. Le digo a Paca que para mí es tan importante el paso por la Cruz del Ferro como la llegada a Santiago. Paca dice que, sobre todo, porque en la Cruz del Ferro sigues y en Santiago acabas. ¡Qué lista es esta Paca! 

Según avanzamos nos rebasa un Land Rover verde que al poco se para. Bajan dos hombres, uno viejo que habla a voces y gesticula mucho y otro de unos cuarenta años.

-         Mira aquellos valles de abajo y los prados que tienen. Son de lo bueno bueno.

-          Buenos parecen y me gustan,

-          Pues entonces, sólo queda ajustar.

-          Antes hay que ver las trochas para llegar a ellos.

Montan de nuevo en el coche y se van allá, a donde señalaban, a buscar las trochas. Ellos sabrán cómo, porque no se ve carretera ni camino.

Baja ya algún coche de apoyo, llevando mochilas de caminantes. Bajan también ciclistas con mucha precaución. 

Llegamos al refugio de Manjarín y oímos el tañido de la campanilla en cuanto Tomás, el jefe del refugio, nos descubre. Creo que junto al de Arroyo San Bol es el refugio más cutre del camino. No obstante es casi una tradición el parar aquí. Aceptamos el café con leche y galletas y el agua (embotellada) que el alberguero ofrece sin pedir nada a cambio. Tomás nos cuenta que tres o cuatro días por delante llevamos una oleada de 150 peregrinos de un colegio salesiano, pero que el camino en estos momentos está tranquilo y nada saturado. Nos cuenta también que no aguanta a los franceses, que les gusta dormir la siesta (protestando si alguien les molesta) y luego salir a las cuatro de la mañana sin respetar el descanso de nadie. A nosotros nos parece que no es un problema de los franceses, sino que la inconsciencia y el egoísmo tienen que ver con las personas más que con los países. El jefe de Manjarín opina también que todo el desmadre que suele tener el camino en Galicia es culpa de la Iglesia por poner los últimos 100 Kms. a pie para ganar la Compostela.

-         ¡Que lo pongan desde León, que hay 300, verás que pronto se arregla!

 Continuamos nuestro camino y llegamos a El Acebo (después de bajar la peligrosa y empinada cuesta que hay a su entrada). El pueblo está muy cuidado, tiene albergue, tiene hostal y dan comidas.  Mientras tomamos un zumo hablamos con el abuelo de los del bar, que también es el hostal. Es un hombre amable y simpático que, después de hacernos el padrón, se queda con muchas ganas de que nos quedemos allí.

-         Sobre todo, no me explico como hay gente capaz de quedarse en esa pocilga de Manjarín. 

En El Acebo vemos a las dos jóvenes alemanas y al chico que las acompaña. Se ve que el vendedor de baratijas no pudo retenerles. 

Unos kilómetros más abajo está Riego de Ambrós. Tiene alberque de peregrinos, cuadra para caballos y bares. Cuando lo cruzamos unos niños que juegan al balón en la calle interrumpen su juego y vienen hacia nosotros.

-         ¿De qué nación sois?

-         De España.

-         ¡Jo, qué mala suerte!

-          ¡Pues sí, ricos, muy mala suerte! ¡De España, ni siquiera de Portugal! (Les dice Paca muy digna)

Los chicos ya no nos prestan ninguna atención visto lo vulgar de nuestra procedencia. Le propongo a Paca que, si nos vuelva a ocurrir, digamos que somos chinos y a ver qué pasa. 

Salimos de Riego por un estrecho pasadizo de vegetación que da a un bosque con algunos árboles centenarios. Después llegamos a la zona que se quemó hace tres años. Luego, después de una bajada, al fondo de un barranco  y en un recodo del camino hay un hombre sentado junto a un árbol lleno de estampas. Intenta el hombre que nos paremos, pero no lo hacemos. Le decimos adiós pero no nos entretenemos, hace mucho calor y estamos deseando llegar a Molinaseca. 

El camino es bastante escarpado. Pues bien, antes de llegar a la carretera, que casi te deja ya en Molinaseca, nos adelanta un ciclista por este durísimo camino. ¿Cómo no se matará?. A continuación del ciclista aparecen 3 motos de 4x4, eso sí, haciendo el macarra. Pero ni siquiera estas motos pueden pasar por los estrechos tramos que la bici supera. Contra gustos no hay disputas. 

Un placer entrar en Molinaseca por el viejo puente, atravesar el pueblo y alojarse en la Posada de Muriel. Comemos muy bien en el Mesón Real, también conocido como el de Rodrigo. 

Siesta obligada. A eso de las siete de la tarde vamos a dar una vuelta por el pueblo. Vamos a sentarnos a una terraza que hay junto al puente. Allí hay una piscina fluvial. Hace mucho calor. Es uno de los pocos días que estamos pasando calor en el camino. Vemos algunos peregrinos conocidos: Ala de Paloma y Calvito, los alemanes, los de los coches de apoyo...Todos andamos junto al río buscando el fresco.  

Hacia las ocho de la tarde el pueblo se llena de coches. Nos dicen que es casi una tradición que las tardes de los domingos (y no las de ningún otro día) la gente de Ponferrada y alrededores se vaya de vinos a Molinaseca.  

También nosotros nos vamos de tascas y disfrutamos de los vinos del país con su pinchito (0,35 € el chato). En una de las tascas encontramos al Peregrino Mangurrino. El hombre se está comiendo un plato de patatas fritas en pelotón con pimientos verdes y un par de huevos. Da gusto verle, y cómo  se concentra en rebañar con el pan y con qué esmero lo va empujando todo gaznate abajo con vasitos de vino tinto. 

Cenamos un plato donde comimos y a las diez y media en la cama. Estamos cansados.

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