A las 7
dejamos Astorga en dirección a Murias de Rechivaldo. Allí, en Casa Félix,
desayunamos como hace tres años: café con leche y torrijas. Hablamos con
un italiano que viene desde Sevilla por la Ruta de la Plata y que ahora se
encamina a Roncesvalles siguiendo el camino en dirección inversa. En
Murias hay un refugio de peregrinos con 20 camas, pero casi nadie se queda
por estar tan cerca de Astorga.
Casi llegando
a Santa Catalina de Somoza rebasamos a un peregrino muy anciano que camina
apoyado en dos bastones metálicos. El pueblo es pequeño, bonito y limpio
y ofrece los servicios de varios bares.
En el trayecto
hasta El Ganso encontramos un grupo de caminantes sin mochila. Da la
impresión de que han salido el fin de semana a hacerse algún trozo del
camino y, de paso, a comerse unos bocatas en los bares de los pueblos.
Llegamos a El
Ganso, donde dos locales, La Cabaña y El Cow-boy, ofrecen sus servicios
al viajero. Tomamos café y descansamos un rato en el último. Los
caminantes sin mochila van llegando e inmediatamente se meten entre pecho
y espalda unos bocadillos que a nosotros nos hubiesen impedido, de
haberlos comido, andar con la ligereza necesaria.
Un poco antes
de llegar a la ermita de Rabanal del Camino un zorro rojizo se nos cruza
por la carretera. Junto a la ermita hay un tenderete de baratijas de un
alemán con pinta de hippy. Un cartel ofrece masajes de manos, pies,
piernas y totales. El alemán nos ofrece té. No nos detenemos y le
decimos que quizás volvamos luego.
Nos alojamos
en el hostal El Refugio. Hace tres años era el único hostal, pero ahora
hay otros dos: La Posada de Gaspar (donde comemos) y la Posada de Tesín.
Los tres ofrecen comidas y camas.
Tras la
siesta, sellamos nuestras credenciales donde los padres Benedictinos. Un
fraile joven nos pregunta por nuestra procedencia y nos desea buen camino.
Damos una vuelta por el pueblo.
Hay en él
tres albergues de peregrinos: El Municipal, el de Ntra. Sra. Del Pilar y
el de San Gaudelmo. En el segundo de ellos se aloja el anciano que vimos.
Nos enteramos de que se llama Antoine, es francés y tiene cáncer.
Bajamos al
tenderete de la ermita. Parece una especie de tienda beduina con techo de
lona. Tiene el mostrador al frente, un fuego en el centro, camas al fondo,
un coche a un lado y asientos. El joven que nos invita a té no es el dueño
del garito. Al poco llega un hombre joven delgado y moreno, con el pelo
largo y rizado. No es gitano pero su aspecto es agitanado. Se dedica a
organizar excursiones a caballo. Los cuatro hablamos de viajes, de
nuestras infancias y de ecología, a la sombra de la modesta carpa.
Al rato
aparece el Alemán, que es el dueño del chiringuito, con tres peregrinos
que hablan su misma lengua: un chico y dos chicas muy guapas. Enseguida
comprendemos el abandono de su negocio por parte del Alemán, que sólo
tiene ojos y conversación para una de las chicas. Nos despedimos
agradecidos por el té, pero el Alemán no nos dedica ni una mirada. El
hombre está embelesadito con la moza.
Cuando a última
hora de la tarde estamos en el bar del hostal El Refugio, aparece por allí
el de los caballos. Tomamos unos vinos con él. Nos cuenta que la zona se
está repoblando con gente a la que él llama “alternativa”. Dice que
es gente que vive de otra manera, practican el trueque, están contra la
caza y, en general, se arreglan con muy poco dinero. Nos cuenta que algún
pueblo, que estaba abandonado, está tomado por gente así. Hablando del
camino, dice que últimamente vienen peregrinos muy mayores y que casi
todos los años alguno se queda por aquellos puertos.
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Claro, llegan aquí, se lían a andar,
se hartan de subir cuestas, del sol o del frío (según la época), comen
lo que se les antoja y para colmo se toman unas copas y ¡Zas, infartazo
en cualquier repechón!.
Nos despedimos
del simpático caballista y cenamos en el comedor del hostal en plan
casero, luego a dormir.