Etapa 6

Astorga-Rabanal del Camino

6-Julio-2002

(Distancia 22 Kms. // Tiempo empleado 5 horas)

 

A las 7 dejamos Astorga en dirección a Murias de Rechivaldo. Allí, en Casa Félix, desayunamos como hace tres años: café con leche y torrijas. Hablamos con un italiano que viene desde Sevilla por la Ruta de la Plata y que ahora se encamina a Roncesvalles siguiendo el camino en dirección inversa. En Murias hay un refugio de peregrinos con 20 camas, pero casi nadie se queda por estar tan cerca de Astorga. 

Casi llegando a Santa Catalina de Somoza rebasamos a un peregrino muy anciano que camina apoyado en dos bastones metálicos. El pueblo es pequeño, bonito y limpio y ofrece los servicios de varios bares. 

En el trayecto hasta El Ganso encontramos un grupo de caminantes sin mochila. Da la impresión de que han salido el fin de semana a hacerse algún trozo del camino y, de paso, a comerse unos bocatas en los bares de los pueblos. 

Llegamos a El Ganso, donde dos locales, La Cabaña y El Cow-boy, ofrecen sus servicios al viajero. Tomamos café y descansamos un rato en el último. Los caminantes sin mochila van llegando e inmediatamente se meten entre pecho y espalda unos bocadillos que a nosotros nos hubiesen impedido, de haberlos comido, andar con la ligereza necesaria. 

Un poco antes de llegar a la ermita de Rabanal del Camino un zorro rojizo se nos cruza por la carretera. Junto a la ermita hay un tenderete de baratijas de un alemán con pinta de hippy. Un cartel ofrece masajes de manos, pies, piernas y totales. El alemán nos ofrece té. No nos detenemos y le decimos que quizás volvamos luego. 

Nos alojamos en el hostal El Refugio. Hace tres años era el único hostal, pero ahora hay otros dos: La Posada de Gaspar (donde comemos) y la Posada de Tesín. Los tres ofrecen comidas y camas. 

Tras la siesta, sellamos nuestras credenciales donde los padres Benedictinos. Un fraile joven nos pregunta por nuestra procedencia y nos desea buen camino. Damos una vuelta por el pueblo.

Hay en él tres albergues de peregrinos: El Municipal, el de Ntra. Sra. Del Pilar y el de San Gaudelmo. En el segundo de ellos se aloja el anciano que vimos. Nos enteramos de que se llama Antoine, es francés y tiene cáncer. 

Bajamos al tenderete de la ermita. Parece una especie de tienda beduina con techo de lona. Tiene el mostrador al frente, un fuego en el centro, camas al fondo, un coche a un lado y asientos. El joven que nos invita a té no es el dueño del garito. Al poco llega un hombre joven delgado y moreno, con el pelo largo y rizado. No es gitano pero su aspecto es agitanado. Se dedica a organizar excursiones a caballo. Los cuatro hablamos de viajes, de nuestras infancias y de ecología, a la sombra de la modesta carpa.  

Al rato aparece el Alemán, que es el dueño del chiringuito, con tres peregrinos que hablan su misma lengua: un chico y dos chicas muy guapas. Enseguida comprendemos el abandono de su negocio por parte del Alemán, que sólo tiene ojos y conversación para una de las chicas. Nos despedimos agradecidos por el té, pero el Alemán no nos dedica ni una mirada. El hombre está embelesadito con la moza. 

Cuando a última hora de la tarde estamos en el bar del hostal El Refugio, aparece por allí el de los caballos. Tomamos unos vinos con él. Nos cuenta que la zona se está repoblando con gente a la que él llama “alternativa”. Dice que es gente que vive de otra manera, practican el trueque, están contra la caza y, en general, se arreglan con muy poco dinero. Nos cuenta que algún pueblo, que estaba abandonado, está tomado por gente así. Hablando del camino, dice que últimamente vienen peregrinos muy mayores y que casi todos los años alguno se queda por aquellos puertos. 

-         Claro, llegan aquí, se lían a andar, se hartan de subir cuestas, del sol o del frío (según la época), comen lo que se les antoja y para colmo se toman unas copas y ¡Zas, infartazo en cualquier repechón!. 

Nos despedimos del simpático caballista y cenamos en el comedor del hostal en plan casero, luego a dormir. 

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