Dejamos León a las siete menos diez de la mañana.
Pasamos frente al Hostal San Marcos. Sólo de verlo nos animamos. Después,
el puente viejo sobre el Bernesga. La salida de León está mejor que hace
tres años. Se ha mejorado la señalización y hay una pasarela nueva para
que los peatones salvemos un cruce peligroso.
Una señora
nos da un papel y nos ruega que lo leamos. Es una breve glosa que ensalza
el peregrinaje como un camino de perfeccionamiento personal. Lo firma la
Legión de María, deducimos que la señora que nos lo dio debe ser una
legionaria.
Desayunamos en
León, en el primer bar abierto. El dueño tiene una imagen de la virgen
en una esquina del bar, en una especie de altarcito. Parece que la mañana
viene muy mariana. El hombre nos atiende muy bien. Además nos cobra
utilizando céntimos. Muy buena señal. Al peregrino, por lo general, se
le redondean los precios. Seguramente para evitar que le mortifique el
peso de la calderilla.
-
¡Buen Camino! ¡Gracias!
-
¡Gracias a usted, amigo!.
Observamos, a
la salida de León, algún que otro coche de la Policía Local y de la
Guardia Civil colocados discretamente a lo largo del camino. Delante de
nosotros camina un matrimonio maduro a quienes oímos decir que son de Irún.
Casi sin darnos cuenta llegamos a la Virgen del Camino. Para entonces una
docena de peregrinos vamos casi juntos.
Después de
tomar el camino y atravesar un túnel que salva una intersección de
carreteras, hemos de decidir: A Villar de Mazarife o a Villadangos del Páramo.
Decidimos ir a Villadangos donde, si nos encontramos bien, continuaremos
hacia Hospital de Orbigo. Nos llama la atención un peregrino brasileño
que parece que ha comenzado desde el aeropuerto de León. Lleva la mochila
más grande que hayamos visto nunca. Ya veremos cómo se las arregla.
Cuando
llegamos a Villadangos tomamos un zumo y un café en el Hostal Libertad.
Creemos que nuestro estado es bueno. Nos lavamos los pies en la fuente de
la plaza. Cura de ampollas, friegas con alcohol de romero, cambio de
calcetines y a Hospital de Orbigo. Previamente Paca telefonea al Canguro
Australiano donde reserva habitación.
En una sombra,
a la salida de Villadangos, descansan dos brasileños. Un poco más allá
otro peregrino sentado en el suelo tiene los pies metidos en una artesa
por donde pasa el agua de una cacera. El día es ya muy caluroso. Los
brasileños saludan al de los pies en el agua y se quedan con él.
Paca y yo
avanzamos por los andaderos paralelos a la carretera. Estos están muy
descuidados. La maleza se ha apoderado de ellos y, en algunos tramos, te
llega por encima de la cintura. Muy cansados, llegamos a Hospital de
Orbigo. Son las dos y cuarto. Cruzamos el puente legendario. En el estanco
hay un letrero que dice que se sellan credenciales. Aún está abierto, así
que sellamos. La señora del estanco nos dice que el sello es el mismo que
el del albergue parroquial de peregrinos. Le preguntamos que dónde está
el Canguro Australiano. La señora con muestras de disgusto y, supongo que
en un acto inconsciente, nos manda en una dirección equivocada. Después
de encontrar la dirección correcta y tras otros veinte minutos de andar,
llegamos al Canguro.
El Canguro
Australiano es un hostal de carretera. Tiene un bar muy espacioso y un
restaurante que ofrece un menú del día económico. Es más barato que el
resto de los hostales del pueblo. Lo atienden mujeres inmigrantes.
El comedor está
hoy lleno. Hay una excursión de unos cuarenta ancianos y ancianas. Al
frente de la misma hay dos chicas jóvenes que son autoritarias pero cariñosas.
Casi todos los ancianos tienen un estado mental muy deteriorado. Están
bien cuidados y van bien vestidos, pero sus mentes se perdieron alguna vez
y sus cuerpos quedaron a la
deriva. Uno llora porque ha perdido una gorra, otro se quiere escapar a
fumar, otro se toma una copa a escondidas, otra no encuentra los
servicios, otras quieren jugar a las cartas, otro no para de hablar...
Parecen peregrinos desorientados, perdidos para siempre dentro de sus
propios cuerpos.
Paca se echa
la siesta y yo escribo estas líneas sentado en una mesa del bar.
-
¿Qué le debo del café y la copa?
-
Son cuatro euros pero, como me caes
bien, dame dos cincuenta.
Son las cinco
de la tarde y hay un extraño trasiego en el bar del Canguro. Hay más
camareras extranjeras de las que parecen necesarias. También llegan
clientes que aparcan fuera el tractor o el coche y entran a tomar algo. Se
les nota nerviosos. Algunos parecen del pueblo. Miran a todas partes y se
ve que desean pasar desapercibidos. Las chicas vienen y van con unos y con
otros. Al niño pequeño de una robusta joven rubia, que parece polaca, le
dejan durmiendo en un sofá junto a
mí. Hay un televisor enfrente que, a todo volumen, transmite una
telenovela. El niño duerme plácidamente. Entra un hombre marroquí y
habla en su lengua con una camarera de su misma nacionalidad. Me llaman la
atención las babuchas que calza el hombre. Al poco entran dos hombres
españoles. Vacían el dinero de las tragaperras y se van. La camarera
marroquí habla ahora animadamente por teléfono en su idioma. Otro niño
de una de las camareras llora y se revuelca por el suelo. El hombre
marroquí le coge de la mano y se lo lleva, mientras el chiquillo grita y
patalea.
Paca y yo, a
la caída de la tarde, damos un paseo por el pueblo. Visitamos el albergue
parroquial de peregrinos. Está ubicado en el centro. Es un bello caserón
con patio interior. Hablamos con el hospitalero.
-
Deberíais convivir más con los
peregrinos. ¿Dónde os habéis quedado?
-
En el Canguro.
-
¡Cielo Santo! ¿Queréis que os busque
otro sitio?
-
No, gracias. Este es muy entretenido y
además ya estamos instalados.
Tomamos un
vino en la terraza del Hostal Don Suero de Quiñones, que está situado en
un extremo del puente y tiene una vista excepcional sobre éste. Damos un
paseo por el pueblo. Es un lugar agradable con dos albergues de peregrinos
y un ambiente de veraneo.
Cenamos en el
restaurante del Hostal Don Suero. La mejor mesa del local está reservada.
Cuando unos cuantos comensales estamos cenando, entra en el comedor una señora
mayor. Saluda a todo el comedor desde la puerta, como si todos estuviésemos
esperándola. Lo hace en voz alta pero con un tono distante. Se dirige a
la mesa reservada y la ocupa dando la espalda a las vistas y mirando al
comedor, como si lo presidiera. Bajo la augusta mirada de la dama cenamos
todos. Cuando la señora termina, se marcha como entró, despidiéndose
del comedor entero y dando por concluida la ceremonia, como si fuera la
reina de Inglaterra. ¡Adiós noble señora, adiós altiva dama! ¿Será
alguna descendiente de Don Suero de Quiñones? Pudiera ser.
En el Canguro
hubo movimiento hasta las cuatro de la mañana. No descansamos mucho. ¿Por
qué le pondrían al local el nombre del Canguro Australiano? Quedaría más
castizo El Conejete del Páramo.