Son las siete menos cuarto de la mañana cuando
dejamos Mansilla. La mañana no está fresca sino fría. Además el cielo
está encapotado y sopla un viento gélido.
-
Con un día como hoy ya pegaréis buen
avance. ¡Bien fresco está para caminar!
Apenas pasado
el puente sobre el Esla comienza un camino que discurre a la izquierda,
junto a la carretera León-Valladolid. El camino bordea campos de regadío
y llega casi hasta Puente de Villarente. Sin embargo, antes de llegar a
este pueblo, va casi un par de kilómetros por el arcén de la transitada
carretera. Antes de llegar al puente, en el hostal Casablanca, tomamos un
café. Dos peregrinos brasileños, ataviados con la camiseta de la selección
de fútbol de su país, desayunan. Lo hacen con cierta solemnidad y
empaque. Pagan su cuenta.
-
Moito obrigados!
-
De nada, filiños, que para eso
ganasteis el mundial.
-
Espanha-Brasil non foi possivel.
-
Otra vez será, hombre.
A la salida
del bar Paca me pone un parche de Compeed en una rozadura dolorosa del
dedo gordo de un pie.
Atravesamos el
peligroso puente sobre el río Porma que da nombre a la localidad: Puente
de Villarente. Los camiones tienen que frenar para dar paso a otros de su
género que vienen en dirección contraria. Los peregrinos nos
escabullimos, asustados como lagartijas, entre el tráfico que va y viene.
Cuando acaba
el pueblo sale un camino a la derecha de la carretera que nos lleva a
Arcahueja. No se deja de oír y ver el tráfico de la carretera, que ahora
queda a nuestra izquierda. En Arcahueja hay bar, pero nosotros nos
sentamos en unos bancos que hay a la misma entrada del pueblo, donde acaba
la cuesta, junto a una fuente. La fuente no tiene agua. Mientras Paca y yo
comemos algo de fruta, un señor mayor sale de una casa. El hombre se
dirige a unos registros que una placa de metal oculta en una pared,
manipula unos segundos y la fuente comienza a manar agua. Mientras vuelve
a la casa de la que salió, murmura:
-
¡Buen Camino!
-
¡Muchas gracias!
Es la seca y
distante delicadeza de alguna gente de pueblo.
La pista de
tierra que sale da Arcahueja pronto nos lleva a una especie de polígono
industrial. Aquí tomamos de nuevo la carretera. Por ésta y entre un tráfico
de mil demonios comenzamos a bajar el Alto del Portillo. Vemos que están
haciendo un acceso especial para peregrinos. Aún están echando el
alquitrán, pero nosotros, muy contentos con el detalle, lo utilizamos
aunque no esté inaugurado.
Cruzamos el
puente sobre el río Torio y tranquilamente seguimos las flechas por la
ciudad. Vamos al albergue de las monjas a sellar. De allí a la plaza de
San Martín, luego a la Plaza Mayor y después a la catedral. Visitada ésta,
nos vamos a San Isidoro y de allí a la avenida Don Suero de Quiñones.
Allí, en el hostal Don Suero, tenemos nuestro alojamiento de hoy. Aseo y
revisión de pies. Nuevo apósito de Compeed en el meñique del pie
izquierdo en vista del éxito obtenido con la aplicación del anterior.
Vermú en una
terraza frente a la catedral y a comer al restaurante San Martín. El
personal de este restaurante es amable y dicharachero, pero confunden el
salpicón de mariscos con un platazo de gambas peladas con cebolla y
tomate. También creen, en este restaurante, que a una especie de
caldereta de ternasco con patatas se le puede llamar impunemente lechazo
asado. Exagerados sí son. Si se te ocurre pedir una copa con el café, te
pueden echar media pecera de licor. Pero esto no es necesario ni arregla
nada.
Después de la
siesta, León es una ciudad perfecta para mirar. Las terrazas de las
calles y plazas peatonales se
prestan a ello. Vemos por allí a algunos peregrinos conocidos: Ala de
Paloma y su inseparable amigo el Peregrino Calvito departen en una
terraza, la estadounidense Jeanne está sentada en la Plaza de la Catedral
en actitud contemplativa y el Peregrino Mangurrino, más materialista,
come pan con chorizo y bebe vino de una caja, sentado en un poyo bajo los
soportales de la Plaza Mayor.
Acabamos el día
con unas tapas en El Botijo, bar de la plaza San Martín. A dormir a las
diez y media.